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Una noche de sorpresas y glamour en el Bankers Club

La noche del miércoles en el piso 31 del Bankers Club, todo estaba listo para que los miembros ecuatorianos de La Chaine des Rotisseurs -esa asociación internacional gastronómica, creada en Francia en 1248, que reúne a personas que aprecian y comparten el interés por la cocina, el vino y la buena mesa- den a conocer las metas, convenios y actividades que tienen previsto realizar a lo largo de este año.
Carlos Eiser, presidente de la asociación en el país; Nicolás Romero, miembro de la Cofradía; Juan José Morán, propietario de La Pizarra; Antonio Pérez, chef ejecutivo del hotel Oro Verde, entre otros gastrónomos e individuos que destacan por su buen gusto y paladar, disfrutaban del momento. El acto aún no empezaba, eran cerca de las 20:00... Y en el piano bar (uno de los salones más exclusivos del lugar, por su ambiente, decoración, muebles y personal), ellos -con copas de vino en mano- hablaban entre sí de los nuevos platillos, brebajes y técnicas culinarias, que hoy ensalzan y dan valor a la cocina ecuatoriana.
Por su parte, el francés Stephane Richard, chef ejecutivo del Bankers, coordinaba el menú. Él, desde hace cinco años, ha colaborado con La Chaine. Ha creado platos, delirantes recetas. Los miembros de La Chaine, en cambio, las han probado, valorado, aplaudido.
En esta ocasión, los visitantes se prepararon para algo similar. Eran las 20:30 y todos, incluido Richard, pasaron al comedor privado. Tres mesas enormes con los mejores y más cuidados quesos, y un sinfín de panes artesanales, frutos secos y aceitunas de todos los colores, sabores y forma les dieron la bienvenida.
Paralelamente el acto empezó, Eiser dio a conocer la agenda. Se refirió a las cenas y maridajes en prestigiosos restaurantes de la ciudad, a las exhibiciones gastronómicas, talleres y charlas técnicas que en la urbe hasta el próximo mes de mayo harán. Los presentes no dejaban de aplaudir. Más aún cuando a los cofrades se les confirmó que, a partir de ahora y aún sin ser socios del Bankers, recibirían los beneficios a los que tienen acceso ellos.
La algarabía, como era de esperarse, aumentó. Y cuando ya parecía que todo había llegado a su clímax, Eiser se dirigió a Richard y le entregó una placa. No cualquiera. Era un reconocimiento a sus logros, creaciones y constante colaboración. En sí la tercera que entregan desde que se establecieron en el país.
El chef sonreía, no paraba de reír. Dijo estar contento, asombrado, agradecido. Sus expresiones confirmaron que estaba feliz. Los abrazos no se hicieron esperar. Tampoco su usual actuar, pues cuando las palabras cesaron, los platillos preparados para sus visitantes, empezaron uno a uno a ‘desfilar’.
Atún blanco en flor de rosa, montaditos de corvina al pesto, ñoquis en tinta de calamar, morcilla en salsa de manzana y buñuelos rellenos de pulpa de cangrejo, pangora y jaiba, fueron algunos de los manjares que ofrecieron allí. Los platos, todos y en su mayoría cocinados a fuego lento y al vacío, eran parte de la nueva carta del club elaborada por el chef. De sabores inéditos y concentrados que sorprendan al comensal, y caracterizados por seguir una tendencia francesa-mediterránea sofisticada. Vibrante, audaz.
La cita fue sublime, placentera. Todos la disfrutaron. No solo a través de la comida, no solo a través de las sorpresas. Y es que el panorama y el hecho de saborear tranquilamente una cena a 135 metros de altura (y disfrutando de la majestuosidad del río Guayas que se divisa en uno de los ventanales del área), también dotó de magia a esta noche, que sin duda alguna a más de uno impresionó.