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Una lluvia de dramas
Con el agua hasta el cogote. Empapado, despeinado, aturdido y sin celular. Así se dirigió Sebastián Benítez ayer al trabajo, luego de que le tocara caminar por una de las calles inundadas - a causa de la lluvia- en Guayaquil.

Con el agua hasta el cogote. Empapado, despeinado, aturdido y sin celular. Así se dirigió Sebastián Benítez ayer al trabajo, luego de que le tocara caminar por una de las calles inundadas - a causa de la lluvia- en Guayaquil.
Benítez, quien reside en la séptima etapa de la Alborada, a la altura de la calle Demetrio Aguilera, salió de casa alrededor de las 07:00. Llevaba consigo un paraguas, un impermeable, unas botas de caucho. Un arsenal completo que supuso lo sacaría de “Venecia”.
Sin embargo, nada fue suficiente, puesto que al dirigirse a la parada del autobús, ubicada a escasas 4 cuadras de su casa, el nivel del agua subió, se resbaló y mojó hasta la cintura. “Estuve a punto de matarme y por agarrarme de un poste boté mi maletín, billetera, documentos y celular”. Al hombre, que labora a medio tiempo en un bufete de abogados, no le quedó de otra que detenerse a buscar sus pertenencias entre la tierra y el lodo, “prácticamente bajo el agua”.
En un barrio cercano, en Sauces 9, Sonia Martínez vivió algo similar. Y es que previo a salir de casa, cuyo entorno estaba abarrotado de vehículos atascados, tuvo que construir una muralla de tierra para evitar que el agua de los canales ingrese a su vivienda. “El panorama fue horrible, estaba en medio de un río”, dijo.
Ambos llegaron pasadas las 10:00 a sus trabajos.
El panorama, que en la mayoría de los casos y según se evidenció en las redes sociales fue descrito como ‘catastrófico’ y ‘apocalíptico’, se repitió en varios sectores de la ciudad, aún horas después de que escampara.
En Urdesa, entre las calles Víctor Emilio Estrada e Jiguas, por ejemplo, el agua todavía llegaba a los tobillos cerca de las 09:30. Los transeúntes esquivaban charcos en aceras y procuraban alejarse de la calle, para no ser salpicados por los carros al pasar.
En la cooperativa Sergio Toral, al norte, los moradores, algunos con la basta de los pantalones recogida, realizaban maniobras para saltar los pequeños riachuelos con lodo que se formaron a lo largo de la avenida principal.
Los niños que por allí se encontraban, en cambio, esperaban a que sus madres los cargaran para cruzar la calle y no ensuciarse los zapatos. Otros optaban por caminar -y hasta jugar- en zapatillas- mientras sus padres, algunos resignados y otros con enojo, seguían introduciendo sus pies en los lodazales.
“Este es el drama que se vive aquí en cada invierno. Nos mojamos, ensuciamos y llenamos de bacterias. Perdemos nuestras cosas, se enferman nuestros hijos. Son las nefastas consecuencias del aguacero”, dijo Roberta Caicedo, residente.
En el lugar, afectado por las precipitaciones desde la tarde del jueves, los empleados del consorcio Puerto Limpio trabajaban en la entrada de la cooperativa, retirando los desechos que se acumularon en las calles. Asimismo, con maquinarias, realizaban los trabajos de limpieza del canal.
En la avenida Las Aguas, que con cada lluvia fuerte queda saturada de basura y material pétreo, el tráfico empezó a normalizarse a medida que los empleados de la Dirección de Obras Públicas del Municipio de Guayaquil recogían los escombros.
“Llevo 35 minutos estacionado y la fila aún no se mueve. Este es el cuento de nunca acabar, en Las Aguas y Guayaquil siempre pasa lo mismo”, comentó enojado Jorge Salvatierra, uno de los conductores.
En la avenida Francisco Orellana el caos duró un poco más de las 10:00, según usuarios del servicio de transporte público.
Se produjeron anegaciones en la avenida Barcelona, que recibe el agua que desciende del cerro San Eduardo y la parte posterior del estadio de Barcelona.
Otras zonas con dirección al sur también resultaron afectadas. En la ciudadela La Floresta, los inconvenientes por la lluvia también se hicieron presentes. Y allí, como en todos los sectores anegados, las calamidades que debían sortear sus habitantes.