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El otro “otro”
En nuestra entrega anterior hablamos de cuánto cuesta asumir las propias responsabilidades y cómo debemos, hoy más que nunca, trabajar en niños y jóvenes para que acepten la realidad. Pero eso que lo centramos más en la formación de los menores hay que observarlo también en la vida adulta y en ocasiones en las actitudes de los propios padres.
Por línea genealógica, los padres son primero que los hijos; por ley son sus representantes y responsables; por doctrina, sus primeros educadores. Es decir, los progenitores tienen todas las condiciones para presentarse ante los hijos como la primera autoridad, como el primer juez de cuentas, como aquel que cuando le corresponde premia o castiga según los actos.
Decimos todo esto, porque en ocasiones a los padres les cuesta de manera extrema el asumir el rol de autoridad y no es extraño que se refugien traspasando a otros ese rol. Por ejemplo: la madre que llega ante la parvularia con la peinilla en la mano y le dice: “Péinela porque de mí no se deja”, o la amenaza: “Te voy a llevar al doctor para que te ponga una inyección”, o aquello más frecuente frente a una pataleta: “¡Ahí está el policía! Te va a castigar si sigues así”. Reflejo hasta las claras de cómo nos cuesta presentarnos con firmeza y con capacidad formadora frente a los hijos.
El “otro” suele ser el refugio de aquellos que piensan que si son firmes o castigan a los hijos, estos los van a dejar de querer, lo cual no es verdad. Los hijos esperan que los padres pongan los límites, que les den el modelo y el ejemplo de adultos y por supuesto, los consideran permanentemente el espejo en qué mirarse. “En una mano la miel y en otra la hiel”, repetían los viejos haciendo la cita bíblica y esto sí es real y cierto.
Amor que solo permite, que solo deja hacer y pasar, es un amor falsamente disfrazado de presente. Si los amamos, para entregárselos a la vida debemos cultivar en ellos, nosotros directamente como padres, aquellos valores y principios sobre los que esperamos crezcan. El otro “otro” debe desaparecer y son los padres los que deben crecerse ante los hijos para formarlos.
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