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“Y el ganador es...”

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Se hizo costumbre que nuestra política esté llena de tropiezos, altercados, irrespetos, egoísmos y estupideces. Una elección presidencial debía llevarnos inevitablemente al revoltijo que hoy observamos, en el que contienden la consolidación, una vez más, de la vieja fórmula estratégica de los hechos consumados y, del otro lado, la amenaza de una revuelta nacional que mancharía de sangre las calles ecuatorianas.

Pero, ¿ hubo o no hubo fraude? Y me refiero al fraude alterador y manipulador de las actas emitidas por las juntas electorales.

Dos expresidentes emitieron su parecer. La acepción más amplia de fraude -que no deja de ser veraz- la dio Osvaldo Hurtado y abarca toda una gama de acciones, arengas y discursos realizados por este Gobierno con recursos fiscales y utilizando, sin escrúpulo, medios públicos de comunicación, inaugurando apresuradamente obras inconclusas, presionando o imponiendo sanciones a los medios para acallarlos y, como ha sido usual, denigrando inconteniblemente a la oposición. Sus propósitos eran manifiestos y hasta descarados, sin importarles ser constantemente desenmascarados: mantener el poder se convirtió en meta única y suprema para la supervivencia a su cuestionada revolución. Hurtado concluyó tachando de inmoral al Gobierno de Correa.

Por otro lado, Gustavo Noboa incursionó en el área penal: los aliancistas estarían obligados a encubrir los actos delictuosos de corrupción de este Gobierno y eludir así las amenazas de encarcelamiento que se esgrimieron contra funcionarios deshonestos del correísmo. Si a estos hechos evidentes se adiciona la totalitaria absorción por parte del Ejecutivo de los demás poderes del Estado (incluido el Electoral), la idea del fraude se robusteció y apoderó de muchísimos ciudadanos-as, incrementando la desconfianza en un organismo como el CNE, integrado únicamente por seguidores de AP. El fraude fue fácil suponerlo y medio Ecuador lo dio por anticipado, pese a la ardorosa y locuaz defensa del presidente del CNE. La impugnación y reconteo de casi 1.800 actas no parece por sí sola suficiente para trastocar el resultado de las elecciones y podría constituir un fiasco para CREO. Eso explicaría la entusiasta adhesión de Patiño y la petición de Lasso por recontar el universo de votos, operación que al propio presidente Correa (¡atención, CNE!) le parece admisible y reta a su realización.

No podíamos descartar la posibilidad de que Lenín Moreno haya ganado las elecciones sin el concurso del fraude alterador de actas. Varios sondeos preelectorales lo señalaban como triunfador y, tras los escrutinios, observadores internacionales avalaron su triunfo, y el cuerpo diplomático acreditado en el Ecuador le ha brindado sus parabienes.

La oportunidad que Moreno tiene de legitimar su triunfo constituiría el más sólido sustento de su victoria y, además, la erección de su figura personal con un perfil propio e independiente de las fechorías atribuidas a este régimen. No sería inteligente que se convirtiera en un presidente “made by Alianza PAIS” y condenado a pagar la factura que esta emitiría a costa de su personal descrédito. Por irónico que parezca, Moreno requeriría en su momento del apoyo de las fuerzas democráticas para enterrar de una vez por todas lo atrabiliario de esta malhadada revolución y cerrar, por fin, un período de totalitario obscurantismo.

Soñar no cuesta nada, después de todo.

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