Actualidad
“El deseo es la base de nuestra recuperacion”
Teléfono. Si desea mayor información sobre las reuniones, puede llamar al número 0995786438. Los encuentros se realizan en varios sectores.

El miedo en el rostro de Enrique se esfumó una hora y 24 minutos después de haber ingresado a su primera reunión de Narcóticos Anónimos (NA). Levantó una mano temblorosa cuando Patricio, quien presidía la junta , preguntó si había alguien en la sala que quisiera pertenecer a esa confraternidad.
Los 25 adictos en recuperación que lo miraban fijamente se levantaron de sus sillas plásticas para abrazarlo y felicitarlo por su decisión de abandonar el consumo. Con cada palmada, beso y apretón de manos, la incertidumbre se iba transformando en sonrisa.
Enrique atravesó la puerta del salón 6 de la iglesia de la Alborada a las 19:45 del lunes 28 de enero. Miró cada rincón de la habitación angosta, de paredes color beige y llena de vitrinas con imágenes sagradas.
Allí, frente a dos estatuas de la Virgen María y un cuadro del Sagrado Corazón de Jesús, cada noche, de 20:00 a 22:00, se congregan los integrantes del grupo Gratitud, uno de los 15 que tiene NA en Guayaquil.
No hay psicólogos, psiquiatras, médicos ni terapeutas. Son solo adictos dando contención a otros adictos, con el único objetivo de mantenerse ‘limpios’ otras 24 horas.
Carlos llegó antes que Enrique. Él ya se sabe de memoria ‘la literatura’, como llaman a los textos que leen durante las charlas. Vio cómo el muchacho, de unos 18 años, se acomodaba en una de las primeras sillas del semióvalo formado delante del escritorio de Patricio, el moderador.
Carlos sonrió y recordó su primera reunión en NA, hace 25 años. Tiene 60 y desde los ocho, cuando probó su primer vaso de cerveza, no paró. Ha consumido de todo. Luego de pasar por dos clínicas de rehabilitación, dio con la confraternidad, que tiene adeptos en 139 países.
“Venir todos los días me ha servido para no recaer. La adicción es una enfermedad de por vida”, decía Carlos, ensimismado mientras la sala se llenaba.
A las 20:00, Patricio sonó la campanilla metálica que reposaba sobre el escritorio, junto a un enorme libro azul con el escudo de NA estampado en la tapa. La reunión inició con 10 segundos de silencio, que terminaron con la plegaria de la serenidad coreada por los participantes: “Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar...”.
Enrique escudriñaba cada rostro de las nueve mujeres y dieciséis hombres que recitaban la oración de memoria. Luego, Patricio les explicó a los demás que Enrique había llegado por información y que, por favor, le leyeran qué significa ser un adicto, de qué se trata el programa de NA y por qué están allí. Posteriormente decidiría si quería pertenecer al grupo.
“NA es una confraternidad sin ánimo de lucro, compuesta por hombres y mujeres para quienes las drogas se han convertido en un problema muy grave”, repasaba un integrante en un folleto plastificado.
Esta organización, fundada en California (EE.UU.) en 1953, llegó a Guayaquil a mediados de los 80. De las 67 mil reuniones semanales que se dan en el mundo, 100 son celebradas en el Puerto Principal. Se reúnen todos los días.
Enrique llegó al grupo Gratitud por recomendación de su tío Humberto, pero la mayoría de sus miembros se han enterado de este programa en las clínicas de rehabilitación.
Él cree que el éxito de NA es que son adictos apoyando a adictos a través de la empatía y el anonimato. “Aquí nadie te pregunta nada, ni te juzga. Aquí escuchamos y nos venimos a desahogar”, comentaba antes de que el moderador declare abierta la reunión para que los miembros compartan sus experiencias.
“Hola, soy María y soy adicta...”, “Hola, soy Juan...”, “Soy Marcelo...”, “Soy Ernesto...”. Así, uno por uno contaba lo que las drogas significaron en su vida: dolor, prostitución, insultos, denigración, golpes, robo. Cada historia es más desgarradora que la anterior.
Enrique movía un pie nervioso, agachaba la cabeza y se limpiaba las palmas sudorosas de sus manos en sus jeans. Parecía identificarse con cada palabra y pasó las dos horas escuchando atento. Los demás integrantes levantaban la mano, en señal de identificación, cuando alguien revelaba algo que a ellos también les había ocurrido por el vicio.
Enrique solo estaba anquilosado en su asiento, con la mirada perdida. Únicamente cuando aceptó pertenecer a la organización, una hora y media después, lucía más relajado, en paz.
Cuando faltaban 10 minutos para las 22:00, intervino el último participante. Él prefirió dedicar su discurso a Enrique. Se levantó de su silla y le entregó un folleto con varios números de teléfono para que llame cuando sienta que no puede más y esté a punto de consumir.
“Yo vine aquí para salvar mi vida. Si quieres evitar mucho sufrimiento, has llegado al lugar correcto”, le aconsejó y le dijo que esperaba volver a verlo. La sesión terminó con un abrazo grupal y sin señales de temor en el rostro de Enrique, quien regresó al día siguiente.