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Inversion de desarrollo para generaciones

La desnutrición recibe mucho menos atención que la mayor parte de los demás retos del planeta. Sin embargo, es un área donde una inversión relativamente pequeña puede tener el efecto más potente. Se estima que dos mil millones de personas no reciben las vitaminas y minerales esenciales que necesitan para crecer y desarrollarse, principalmente hierro, yodo, vitamina A y zinc. Peor aún, la desnutrición y subnutrición son parte de un cruel ciclo en que ambas son causas y efectos de la pobreza, ciclo que afecta de manera desproporcionada a niños y bebés, sobre los cuales la desnutrición tiene consecuencias devastadoras, como discapacidades mentales, problemas de aprendizaje en la escuela, y mala salud en general. Incluso deficiencias nutricionales moderadas pueden afectar el desarrollo de un niño, y puesto que cuando crezca le resultará más difícil obtener un buen trabajo, la desnutrición afecta no solo sus vidas, sino también las de las generaciones siguientes. Idealmente, los nutrientes deberían proceder de una dieta variada y equilibrada. Ya que esto no es siempre posible, particularmente en países pobres, los gobiernos y las organizaciones tienen la responsabilidad de ayudar. Por más de una década, el centro de estudios que dirijo, el Consenso de Copenhague, ha estudiado y comparado las opciones de desarrollo a disposición de los gobiernos y organizaciones donantes que funcionan a niveles nacional, regional y global. Colaboramos con los más reputados economistas, entre los que se cuentan varios premios Nobel, para determinar las mejores maneras de enfrentar los mayores retos de la humanidad. Las inversiones diseñadas para combatir la “hambruna secreta” o deficiencias de micronutrientes han estado constantemente en los primeros puestos de nuestras listas de prioridades. La evidencia muestra con claridad que la ruptura de los ciclos intergeneracionales de pobreza y subnutrición es una de las maneras más potentes de mejorar las vidas en cualquier lugar del planeta. El estudio de 2012 demostró que una inversión de apenas $100 por niño podría pagar una serie de intervenciones -incluidos micronutrientes, mejoras a la calidad dietética y programas de cambio de conducta- que reducirían en un 36 % la desnutrición en los países en desarrollo. En otras palabras, cada dólar que se destinara a reducir la subnutrición crónica -incluso en países muy pobres- crearía un retorno a la sociedad por un valor de $ 30. Lo que es cierto al nivel global también lo es al interior de muchos países. Los dos proyectos más recientes del Consenso de Copenhague se centraron en Bangladesh y Haití. En Haití, el Gobierno con el apoyo de la Usaid, ha lanzado el primer proyecto de enriquecimiento de alimentos, lo que ayuda a muchas personas a la vez, porque añade nutrientes a alimentos de amplio consumo, como productos básicos (trigo, arroz, aceites) o condimentos (sal, salsa de soja, azúcar). Es apenas un arma en la lucha contra la desnutrición (otras herramientas son iniciativas de educación y selección de objetivos, como proporcionar suplementos a madres y recién nacidos), pero es una muy importante. No existe una panacea para todos los retos actuales para el desarrollo. Pero las políticas de mejorar la nutrición se acercan mucho, ya que tienen el potencial de poner fin a un cruel ciclo de pobreza y desnutrición que puede durar generaciones.