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El intrincado trafico vehicular en Guayaquil

hasta para ir a la tienda de la esquina, usan el auto. Las aceras se han convertido en parqueaderos, en talleres. Los pasos cebra son peligrosos, los vehículos no reducen la velocidad, pitos estridentes y gritos de grueso calibre, los de la tercera edad quedan impávidos inmovilizados al cruzar, a vista y paciencia de los agentes de la ATM que, con el pito y agitando la mano, incitan al conductor a cruzar la bocacalle, sin importar la vida del peatón. Bueno, cansados y agotados por el inclemente sol se encuentran en tiendas o restaurantes para llamar por teléfono, oír música en el celular, mientras el tráfico es un pandemonio. “Hay leyes de tránsito, pero no se aplican”. Las autoridades brillan por su ausencia...
Héctor García Rivera