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La ilusion democratica
Pongámonos de acuerdo primero respecto a qué entendemos por democracia. De Aristóteles a nuestros días el concepto ha tenido precisiones que impiden designar con su nombre a cualquier engendro que pretenda serlo.
¿Puede llamarse democrático a un régimen donde no existen ni libertad de expresión ni libertad de prensa? Por supuesto que no. Tampoco a otro donde las mayorías periféricas, urbanas o rurales permanecen aplastadas por la miseria, sin salud, sin escuela y no tienen voz ni voto. Gobiernos con una o ambas de esas deficiencias hemos tenido a lo largo de estas cuatro décadas que estamos conmemorando como democráticas.
Conste que el período me lo conozco bien y por eso sé que mi esfuerzo, junto al de tantos, fue realizado para tratar de lograr el respeto debido a la institucionalidad democrática pretendiendo, a partir de ese logro, construir una democracia digna del calificativo.
En el camino fallaron muchos supuestos. Uno básico: la calidad de los partidos políticos y, obviamente, la de sus dirigentes. Cabe señalar, para no perder espacio en comentarios inútiles, que la situación respecto a las organizaciones políticas está peor que antes. En los primeros años de estas cuatro décadas todavía los partidos tenían un relativo componente ideológico. Ahora, algunos han terminado convertidos en grupos de chantaje en función de prebendas burocráticas y otros son, simple, lisa y llanamente, grupos delincuenciales, especializados en el atraco a los fondos públicos.
De allí los procederes inexplicables en la Asamblea Legislativa donde circula electrónicamente el hombre del maletín.
Tal cual en la actividad de ciertos jueces. En fin, los males de la República son conocidos de sobra, pero es bueno tener claro que vivimos una ficción democrática que ni siquiera tiene una derivación populista puesto que está al servicio del ‘statu quo’, congelando toda aspiración de un mejor porvenir para un amplio conglomerado social.
Así, establecer una democracia de raíz, una democracia radical, continúa siendo tarea pendiente, un esfuerzo en el que perseverar para las nuevas generaciones.
’Me conmueve la insistencia en llamar democracia a la caricatura que hemos vivido’.