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Diario Expreso Ecuador

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Un hijo de la Revolucion Cultural

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Hace cincuenta años, Mao Tse-Tung lanzó la Revolución Cultural en China: década de caos, persecución y violencia, motivados por la ideología y el interés de aumentar su poder personal. En vez de reflexionar sobre el legado destructivo de ese episodio, el Gobierno chino limitó su discusión y los ciudadanos (solo interesados en la prosperidad económica tras tres décadas de reformas promercado) dieron su consentimiento. Pero enterrar el pasado supone un costo: el presidente Xi Jinping lanzó una campaña de purgas impiadosas y culto a su personalidad. En 1966 Mao promovió la purga del principal “infiltrado capitalista” dentro del Partido Comunista de China: el entonces presidente Liu Shaoqi, convocando a la juventud china a “derribar al emperador de su caballo” y a comenzar una rebelión de base. Los jóvenes respondieron con celeridad y se formaron en todo el país grupos paramilitares estudiantiles (los “guardias rojos”) dispuestos a cumplir la voluntad de Mao, quien en menos de cien días logró una amplia purga del liderazgo central del partido, que incluyó a Liu y Deng Xiaoping. Mataron a más de 1.700 personas (entre palizas y suicidios forzados) y desterraron a unos 100.000 pequineses, tras quemar sus casas y pertenencias. Particularmente vulnerables fueron los educadores de escuelas primarias y secundarias o universidades. Poco tiempo después, los mismos guardias rojos se convirtieron en blanco de Mao, quien los acusó de subordinados de los infiltrados capitalistas. Tras imponer el control militar en toda China, Mao repobló a los guardias rojos con nuevos rebeldes proletarios y muchos miembros originales fueron desterrados a aldeas remotas para su “reeducación”. La Revolución Cultural afectó de cerca a Xi. Su padre, alto funcionario del Partido Comunista, fue destituido, encarcelado y enviado a trabajar en una fábrica de tractores; a la familia la dispersaron en zonas rurales. Pero en vez de repudiar la ideología y la organización que destruyeron a su familia y a su país, Xi adoptó como propias esas mismas tesis y herramientas. El poder es su brújula y parece dispuesto a todo para asegurarlo. Cuenta para ello con el legado de Mao, quien promovió por décadas una forma de lucha de clases en que los ciudadanos se delataban mutuamente, incluso entre amigos íntimos, vecinos y familiares. Todos se volvieron siervos del Partido Comunista. En este ambiente de miedo, el Estado sometió (callada y eficientemente) la identidad personal. Xi sabe que solo podrá lograr lo que se propone reforzando la autoridad del Partido y su liderazgo dentro de él, por eso elaboró un discurso según el cual una grave amenaza se cierne sobre China desde adentro y declaró que la lealtad al Partido es esencial. Pero para cimentar su poder Xi intenta obtener apoyo popular con una nueva ideología unificadora, basada en el “sueño chino” (conjunto de valores y objetivos socialistas que presuntamente lograrán la “gran renovación de la nación china”) y con un intento de avivar el sentimiento nacionalista, acusando al mundo, y en particular a EE. UU., de querer evitar que China asuma el lugar que le corresponde en la cima del orden internacional. Es probable que los fracasos económicos provoquen cada vez más agitación política, que los viejos guardias rojos vuelvan a ocupar su lugar central respaldados por jóvenes ignorantes de la historia. Pero esta vez, el “emperador” al que derribarán del caballo será Xi.

Project Syndicate

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