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Diario Expreso Ecuador

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Los guardianes de Bahia no dejan el barco

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La inquieta y farrera Bahía de Caráquez se adormece entre los acordes del pasillo ‘Pañuelo blanco’ que salen melancólicos desde la radio de Lupercio Panta Vivas (70 años), quien desde su nuevo hogar, el garaje del condominio Punta Norte, ve y siente cómo este ‘barco’, que él capitanea, se pierde entre el temor de otro sismo y las interminables grietas que desde el 16 de abril lo tienen a la deriva.

Lupercio trabaja hace trece años como conserje en este edificio que se niega a abandonar. Se ha quedado “como varón” aguantando espantosas réplicas dentro del inmueble de siete pisos, no solo porque no tiene a dónde ir, sino por lealtad a sus jefes. Afuera del rectángulo de un solo ambiente donde habitan él y su esposa, Bahía tiene la apariencia de una ciudad fantasma. Sus calles, vestidas con un manto tétrico, huelen a desolación y transpiran incertidumbre.

“Es una ciudad fantasma”, lanza con rabia Juan José Rodríguez Chávez, encargado de cuidar el hotel Casa Grande. Su amargura es la misma que la del resto de ‘guardianes’ de lo que queda en pie de Bahía: se fue el turismo por culpa del sismo y ahora ni los pobladores de la vecina parroquia Leonidas Plaza, que antes concurrían desde los viernes para farrear, pasear, comer o pegarse unos tragos al son de la agradable brisa en el malecón, vienen ahora.

En El Delfín la situación es calcada a la de todos los edificios de la zona norte. Jesús Cedeño, chonero de 50 años, trata de espantar los fantasmas de la tragedia acomodando sus pies sobre una silla de plástico, mientras sus ojos parecen alumbrar la edificación que por 24 años ha cuidado como su “tesoro más grande”.

“Aquí sigo cuidando el edificio como lo he hecho todos los años; tenemos miedo de que esto se caiga, pero esperamos que vengan nuevamente a revisar el edificio para saber si lo tumban o no, después de eso sabremos qué hacer”, cuenta algo afligido.

Pero si Jesús lucha contra el miedo, Ramón Panta escurre el pánico de su piel curtida, descansando en el portal de la planta baja del edifico Salango, otra estructura colapsada que imprime terror.

Asegura que no duerme en el edificio, lo hace en una carpa ubicada en la acera de enfrente, en el abandonado y frío malecón, para no perder de vista su responsabilidad como conserje del condominio de nueve pisos, que por 21 años ha sido su hogar, y que incluso aguantó el terremoto de 1988. Por eso -reitera- se le hace difícil dejarlo. Es su vida.

“El miedo ya pasó, para nosotros es algo más, nos acostumbramos”, cuenta con una contagiante paz. Desde su ‘nave’ Punta Norte, dice que seguirá al frente del edificio. “Soy el capitán y no abandono mi barco”.

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