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El feminismo en cinco vidas

EXPRESO ubicó a varias de las mujeres a las que les tocó llevar, en determinado tiempo y espacio, la bandera del feminismo en esta ciudad.

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Por Gelitza Robles - Estefanía Ortiz Salinas - Ronald G. Soria

Eran los 40. Ketty Romo-Leroux tenía 9 o 10 años y lo recuerda clarísimo: cuando un niño nacía en su familia o la de sus vecinos, había algarabía, trago, baile. Si era una niña, el jolgorio se teñía de resignación, de desencanto.

¿Por qué, si los bebés son todos iguales?, se preguntaba molesta quien, 20 años más tarde, se convertiría en la fundadora de la Asociación Jurídica Femenina de Guayaquil.

Del Día Internacional de la Mujer que se conmemora hoy, dice saboreando cada palabra, hay que rescatar la lucha por una igualdad que, para ella, solo existe impresa en documentos. “Se necesita un cambio social en nuestro país para que sea igual en la práctica”, reitera una de las líderes feministas que ha parido la urbe porteña.

EXPRESO ubicó a varias de las mujeres a las que les tocó llevar, en determinado tiempo y espacio, la bandera del feminismo en esta ciudad. Cada una aporta con una experiencia particular de lo que fue el movimiento en décadas como los 60 o los 80. También cómo se lo vive en lo que va del nuevo milenio.

Una lucha de la mujer que, como determinan cifras recientes, muestra pocos cambios, como que las disparidades entre la tasa de empleo de los hombres y de las mujeres apenas disminuyeron menos de dos puntos porcentuales en los últimos 27 años, según un informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT).

En 2018, la probabilidad de que las mujeres accedan a un empleo era 26 % inferior a la de los hombres, pese a los sondeos que indican que el 70 % de las mujeres prefieren trabajar en vez de estar en casa.

Ketty Romo-Leroux girón

“Mujeres, no permanezcan inactivas”

Preguntarle su edad está prohibido. Los movimientos parsimoniosos de Ketty Romo-Leroux sobre su silla de ruedas delatan sus más de ocho décadas de vida. Sin embargo, su mente ágil y memoria intacta exteriorizan a la feminista revolucionaria que no se cansó de moverse, de gritar por la igualdad de las mujeres en los 60.

De las 20 chicas que se inscribieron junto a ella en la carrera de Derecho, únicamente Ketty obtuvo la licenciatura en Ciencias Sociales, abogada y doctora en Jurisprudencia.

Se apasionó por las leyes, pero también renegó de ellas cuando notó que muchas de estas dejaban a la mujer en segundo orden.

En 1966 fundó, junto a otras abogadas y licenciadas, la Asociación Jurídica Femenina de Guayaquil y fue la primera ministra jueza de la Corte Superior de Justicia de Guayaquil.

“Existía constitucionalmente la igualdad de derechos, pero no en el matrimonio. El marido era el jefe de la sociedad conyugal”, recuerda con pausa pero enérgica, porque considera que esta fue una de sus batallas.

A ella misma, por sus ideas igualitarias, trataron de doblegarla en un sinnúmero de ocasiones, pero nuca lo permitió.

Ahora ve con alegría que cada vez más mujeres se contagian de esas ganas de pelear, algo que en los 60 era escaso. “Mujeres, no permanezcan inactivas. Deben incorporarse a la lucha por la igualdad de derechos en la práctica. Todavía se siente la discriminación en todos los órdenes de la vida. La lucha continúa”, reitera.

Cecilia Endara Elizalde

“Todavía no se cumple la igualdad”

Cecilia Endara recibió dos ‘distinciones’ que la llenaron de frustración y enojo. La una, por ser una ‘madre abnegada dedicadas a las causas sociales’ y la otra por ser ‘esposa fiel’.

Eran los 70 y ella ya era abogada, parte de la Asociación Jurídica Femenina de Guayaquil y presidenta de las Ciudadelas Unidas del Norte porteño. Pero los premios los recibía por sus tareas en el hogar.

“Yo les dije que a mí, cuando me premien, deben hacerlo por lo que soy. A los hombres no les dan premios por eso”, recuerda ahora con gracia.

Esas fueron algunas de las muchas dificultades que vivieron las mujeres de su época, que lucharon incansablemente para defender sus derechos.

Fue justo cuando cursaba el segundo años de su carrera, a los 19 años, cuando el feminismo llegó a su vida.

Se enojó tanto cuando leyó en el Código Civil que el hombre era el jefe de la sociedad conyugal, que decidió entregar su futura profesión y su vida a este movimiento que le cambió la existencia, y a tantas otras mujeres que ayudó.

Tiene 75 años y está convencida de que el feminismo no solo es cosa de chicas, porque fue su padre el que sentó las bases de sus batallas.

“Él nos educó a mí y a mis hermanos por igual. Nos enseñó que no había diferencias por género y a ser independientes”, recuerda con alegría.

Añade que ve muchos avances en cuanto a la equidad de derechos, pero “aún no hay consciencia de género”.

A las nuevas generaciones de mujeres les aconseja que no piensen que lo que tienen es suficiente, “porque todavía, en la realidad, no se cumple la igualdad de oportunidades”.

Patricia Sánchez Gallegos

“Nos definimos como feministas con enfoque de género”

Cuando esta profesional guayaquileña no está dando clases en alguna facultad de Arquitectura de la ciudad, ejecuta algún estudio sobre población urbana o recorre los sectores populares. Pero eso es ahora. Antes, hace tres décadas, era una de las portaestandartes del feminismo en Guayaquil. Aunque reconoce que la mujer nunca la ha tenido fácil, en su época hubo la necesidad de mantener la entereza. Solo así se explica lo que para el movimiento feminista aportó en la década de los años 80 el Centro de Acción de la Mujer (CAM). Ella fue una de las fundadoras. “Esta oenegé fue una organización de ruptura. Nos atrevimos desde el inicio a definirnos como feministas con enfoque de género”. Tal es el caso de que el CAM fue la primera agrupación en convocar al Primer Taller Encuentro Nacional sobre Teoría Feminista, en Ballenita, en 1986, para proponer la unidad de las mujeres sobre la base de un diagnóstico común, la vigencia de una cultura patriarcal. Tenían de su parte la Declaratoria del Decenio de la Mujer, en 1975, por parte de las Naciones Unidas, pero “el ser feminista, pelear por sus derechos, no va por los decretos o acuerdos, sino de que la mujer se empodere de esos y los defina como parte de su vida”.

Nublis Chichande Arboleda

“Decidimos hablar de la violencia en casa”

No nació en Guayaquil, pero arribó desde los 13 años desde Esmeraldas. Su vinculación con el feminismo surgió de la necesidad de conseguir mejoras para su barrio, la cooperativa Pablo Neruda (Guasmo Sur). Yendo de un lado a otro se encontró con un grupo de mujeres: el Centro de Acción de la Mujer. “Fui parte de las bases. Aprendí cosas que luego las complementamos en mi sector”. Convocó a una primera asamblea, a la que asistieron cerca de 80 mujeres, todas de la Pablo Neruda. De ahí nació un comité femenino que sigue vigente en el sur, pero con activistas de la Bananero 1, la 5 de Agosto, Centro Cívico, Río Guayas, Atahualpa, Paquisha, Molina de Frank, Proletarios sin Tierra. “Entendíamos que el papel de la mujer en el barrio era determinante. Somos quienes se quedan en casa y en los barrios cuando los hombres se van”. Como activista, considera que su papel fue importante, al igual que decenas de mujeres de los sectores populares. “Éramos las que nutríamos las marchas que se convocaron en los 90. De estos barrios surgieron las voces que denunciaron lo de la violencia en las casas, algo que las dirigentes de los gremios del feminismo no hacían. Ahora se reconoce que la violencia de género es un tema transversal en la sociedad. Las mujeres de las clases populares no tenemos temor en decir la cosas como son”. Nublis anda por los 60 años, pero igual sigue yendo de un lado a otro, tratando de lograr mejoras para las mujeres del sur de la ciudad, donde también habita.

Daniela Celleri Cedeño

“El movimiento destruye capas de violencia”

Guayaquileña nacida en 1985, se presenta como docente y activista por el movimiento feminista. Amarra una banda verde proaborto en su mano izquierda, cruza sus piernas sobre una banca del malecón del Salado y empieza la charla. “En el contexto (político) particular de Guayaquil, que exista un movimiento feminista de distintas generaciones, interrelacionadas, populares y en continua lucha nos define como un movimiento poderoso”. Cree que el enfoque del feminismo será el mismo conforme pase el tiempo, que lo que cambian son las necesidades. “El feminismo de ahora se pregunta sobre el placer, autodeterminación, ocio y nuestra corporalidad”. Aun así, reconoce que todavía existen derechos básicos que no se han facilitado a las mujeres. “El acceso a la salud pública, en el sentido de decidir sobre los cuerpos gestantes, es fundamental y aún no lo tenemos”. Suma lo de la existencia de brechas salariales y la violencia de todo tipo. ¿Hay agravantes? Sí. Celleri los enlista y los llama “capas de la violencia”: discriminación por condición social, sexual, racial, económica y otras. “Guayaquil todavía discrimina. No es lo mismo ser violentada por tener una vulva, que ser violentada también por ser lesbiana, pobre, negra, migrante... porque ello expone a más discriminación. Entonces el feminismo también destruye otras capas de la violencia”, enfatiza. La vía transformadora pasa por la educación, resalta Celleri.

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