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Diario Expreso Ecuador

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Una favela limita con Guayaquil

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Un cerro de problemas. En Las Cabras (Durán) hay calles que parecen accidentes, escaleras mohosas que aparentan drenajes y muchachos con uniforme colegial que semejan los típicos chicos que esperan a las típicas chicas fuera de las típicas casas. Pero en este sector, a las afueras de Guayaquil, nada es lo que parece. Y todo gira en torno a la droga: los chismes del barrio, las noticias sobre la zona y, desde el domingo, un cordón policial que mantiene cercado el cerro como parte de la guerra contra el microtráfico. Forjado sobre invasiones, Las Cabras se ha hecho un lugar en el imaginario colectivo como un barrio problemático. Pero el operativo policial, de proporciones cinematográficas, que incluyó -el domingo- sobrevuelos de helicópteros y la incursión terrestre de 550 agentes, desnuda una realidad mucho más cercana a la de una favela. Desde la punta, donde tres cabecillas se disputaban el territorio, se puede contemplar el Guayas como si se tratara de un privilegiado mirador. Aunque no todos miraban al río. Los guardias de los capos el ‘Brujo’, ‘Ney’ y el ‘Llorón’ (a este último lo bautizaron los policías, tras verlo suplicar con lágrimas que lo soltaran, en cada oportunidad que lo agarraron) tenían a su favor la geografía. La Policía, que llevaba meses con intentos menores en la zona, tardó mucho en sorprender a los traficantes, quienes, desde lo alto, se percataban de su presencia desde el mismo momento en que pisaban las faldas del cerro. Entonces el grito: “¡Ahí viene el agua!”, se replicaba una y otra vez hasta la cima. Y nada. A correr. Los mandamases ya habían sido alertados. Para cuando los agentes llegaban a las guaridas (demolidas durante el operativo) solo encontraban vacías las paredes sin techo, los escombros que usan como asientos y uno que otro típico chico que no había ido en busca de una chica, sino de H, la droga del momento. La reputación del alucinógeno, a quienes los consumidores de la zona describen como el “más puro”, generó rápidamente una pequeña industria en la cima, de la que se beneficiaban, según las fuentes policiales, tres familias. Familias completas. Niños sin edad para ver TV después de las 20:00 y ancianas que no podrían cargar una silla por el difícil terreno de la zona, pero sí unos kilos de droga. Como todo centro industrial, el cliente era prioridad. Las Cabras cobró fama entre los consumidores por la facilidad para circular por algunas de sus 25 entradas, llegar hasta arriba y salir ileso, si no se era del barrio. Distinta era la historia de sus habitantes, sobre todo los de la cima, donde solo tres espacios se daban el lujo de dejar la puerta abierta: una agrietada Iglesia de la Merced, un verdeflex Comité de la Revolución Ciudadana y la guarida de ‘Ney’ y sus cinco compinches, y sus tres guardias que (puñal en mano) hacían el filtro a los clientes y la vida imposible a los vecinos. Las Cabras era, hasta hace unas horas, un sombrío rincón para vivir. Juan Carlos (de 62 años) tiene 6 niñas en su casa mixta, cerca de una de las guaridas. Ayer, según constató EXPRESO en un recorrido, su puerta y la reja de seguridad quedaron abiertas, cuando él y sus hijas cruzaron el callejón para compartir un té de limón con su vecina Olga. “Es la primera vez en muchos años que quito el candado. Esto era un infierno. Mis hijas crecieron encerradas porque esta calle era como la avenida principal de la droga. Y pasaban los hacheros. Y si veían una niña pequeña no respetaban”, dice Juan Carlos, emelecista y mecánico. “Si la Policía saca a estos de aquí”, dice, señalando a la antigua guarida de ‘Ney’, “será un paraíso”. En este paraíso sin agua potable, alcantarillado deficiente, calles intransitables, plagas de mosquitos y transporte público inexistente, la droga es el único problema que a todos importa. Y con gendarmes en cada entrada, la seguridad se vuelve una esperanza cercana. O eso parece. Porque en Las Cabras, donde las fuentes policiales temen que el cuñado de ‘Ney’ intente retomar las riendas del negocio, todo parece.

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