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El Espresso: La Mula Ciega
Era un martes en el jardín. El timbre había anunciado el comienzo del día de las visitas. La clase, además de cartulinas, se llenó de globos de colores para recibir a los “papis”. Los niños estaban nerviosos pero emocionados por presentar a cada uno de sus acompañantes. La ‘profe’ rompió el silencio con un ¿quién quiere comenzar? Alonso, eufórico, levantó la mano con ganas de salir al pizarrón junto a su especial invitada: su mamá.
Agarrados de la mano, Alonso y su mamá salieron y se pararon al frente. Él tragó saliva y con una sonrisa dijo: “Mi nombre es Alonso y mi mamá se llama La Mula Ciega”. La siguiente en reír fue Patricia, quien no se tardó en revelar que se llamaba Patricia Illingworth, le dicen Pato y La Mula Ciega es su café. Además de ser mamá y esposa, se dedica 100% a su marca. Luego, arrancó contando la historia detrás de este nombre con el mismo entusiasmo y pasión con la que me la contó a mí.
El sueño de tener su propio café nació de su alma aventurera y curiosa por conocer la cultura montuvia del país. Ella considera que esta esconde sabores y costumbres interesantes. Esto la llevó a recorrer pueblos, a descubrir tradiciones más allá de las leyendas que había escuchado y encontró el libro “La Mula Ciega” de Oswaldo Castro, escritor manabita. Este libro recopila creencias montuvias y una gran dosis de amor. Es la pieza de la literatura ecuatoriana que inspiró el nombre de la marca para que transmita la esencia que hoy complementa sus etiquetas: cuando los montubios se juntan a tomar café, algo mágico sucede.
Patricia se enamoró de esta bebida durante su estancia estudiantil en Buenos Aires, especialmente, de la complicidad que existe alrededor de una taza. Para comenzar su negocio, se metió en “la onda del café”. Esto significó salir de su zona de confort y de arriesgarse a viajar dentro del país para aprender. Se sumergió en Manabí, en sitios como Montecristi y descubrió junto a artesanos, las posibilidades detrás de estos granos. Luego, siguió recorriendo la Costa y encontró el proveedor de su café en Zaruma.
Este proyecto lo llevaba Patricia en la mente desde el 2008. Lo registró como marca en el 2015 (con el permiso y bendición de la familia del escritor) y en el 2017, la primera factura le dijo a Patricia que La Mula ya estaba caminando. Hoy, aunque la Mula declara ser ciega, no tiene planes de parar. Es un café artesanal ecuatoriano, un must diario para sus clientes y una historia de aventuras con la que Alonso se irá a dormir toda la vida.
Cuando la entrevisté a Patricia, mi cabeza se llenó de un escenario montuvio. Entonces, le pedí una fundita de La Mula Ciega para probarla en casa. Más tarde, usé la cafetera moka para inaugurar mi noche de tasting. Desde que abrí la funda, la cocina se llenó de olor a cafeína de verdad, una agradable experiencia aromática. Al probarlo, sentí un sabor ligeramente amargo, artesanal, de casa. Estaba rico y lo considero el café perfecto para el diario.
Esta historia reinaba el salón de clases, desde la voz de una mamá cafetera que prepara su propio café desde temprano y no deja de servirse en ningún instante del día. Incluso, suele llevar una taza a la ducha (pero no le digan que les conté). Se sintió ese toquecito de hogar de un café que crece junto a Alonso y sigue caminando gracias a su mamá.
La clase se llenó de aplausos después de un muchas gracias. Ambos fueron a sentarse sonrientes para que dar paso al siguiente estudiante. Mientras tanto, algunas voces sugirieron que empiecen a pasar café.
Yo también lo hubiera hecho, ahora les toca a ustedes.
Hasta el siguiente espresso,