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Economia politica
En los últimos días, los acontecimientos políticos, vertiginosos e inciertos, contrastan con el letargo de los temas de la economía. Es una paradoja, pues es la economía la piedra de tope que ha suscitado el hervidero político.
La conducción de lo económico está rara vez alejada de las consideraciones políticas. Esto es verdad en todas las latitudes, pero más aún en el Ecuador, donde el Estado ejerce un poderoso efecto gravitante en todas las esferas de la actividad.
Como resultado de ello, la economía de mercado es débil e incipiente. Los sectores productivos se limitan a la defensa de sus intereses, intereses que se encuentran en permanente estado de sitio por el asedio recurrente de los gobiernos, siempre dispuestos a gastar más allá de sus propios medios.
Más recientemente, la indisciplina fiscal, en el medio de la abundancia, nos ha dejado con problemas que configuran, como el presidente lo ha llamado, una verdadera crisis. El gobierno anterior agotó sus fuentes de financiamiento: los impuestos y el crédito público.
Sin capacidad para crear dinero de la nada, recurrió en forma masiva al Banco Central, institución que, al carecer de recursos propios, no dudó en complacer al mandatario echando mano de dineros ajenos. Se intentó mimetizar la deuda pública, creando compartimentos estanco, en violación del principio de que todos los pasivos constituyen obligaciones que deben ser servidas.
La indisciplina y el exceso conformaron una plataforma cada vez más evidente de prácticas corruptas en el manejo de los dineros de los ecuatorianos. Desde el hecho bochornoso e incontrastable que el rubro “otros” (de consumo) es el segundo en importancia dentro del gasto público, hasta los sobreprecios en los gastos de inversión, las coimas mal caracterizadas como transacciones entre privados, y el díscolo comportamiento del vicepresidente, el personaje central de toda la trama de corrupción y excesos, el efecto para la economía es poco menos que devastador.
El presidente, si quiere superar todos estos obstáculos que conspiran contra una gestión bien sucedida, debe dar los golpes de timón requeridos si desea evitar que la crisis heredada, pase a ser suya propia.