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Diario Expreso Ecuador

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Dos naufragos sonrientes

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Han vuelto. Los dos últimos ecuatorianos en enterarse que un terremoto había devastado al país y derribado sus casas arribaron el sábado por la noche a Guayaquil. Están felices. “Muy felices”, dicen. “Más felices que nunca”. Y, como el papa Juan Pablo II, besan la tierra.

Están felices por razones que no dejan sonriente a casi nadie: porque partieron de Pedernales, Manabí, el 2 de marzo de este año en busca de una buena faena de pesca que rindiese lo suficiente para las deudas, para la comida y para arreglar la moto averiada de Carlos Benítez, de 27 años, que había dejado en casa a sus hijas Liliana (8) y Yotzmari (6), para embarcarse en la lancha vieja de su amigo y vecino Jorge Mero (25) y el colombiano José Preciado (25). Y porque, dicen a EXPRESO, no son pescadores de oficio, sí son “gente de mar”.

Están felices porque dos días después de partir, a sesenta millas náuticas del territorio continental, mientras pescaban de madrugada, cuatro piratas los abordaron por la espalda, los maniataron, golpearon, insultaron y abandonaron a la buena de Dios sin motor, ni comida, ni agua. “Pero nos dejaron con vida”, dicen.

Están felices porque los ladrones del mar se olvidaron de la red de pescar y porque en la primera semana de su naufragio, cuando la sed se volvía insoportable, encontraron siete botellas de cola a medio tomar, flotando cerca del bote. Y mojaron la garganta y se dijeron “que hay que ser tontos” para prestarle atención a las fechas de caducidad.

Están felices porque pudieron pescar finalmente. Y conservaron el pescado cuantos días pudieron, poniéndolo al sol, comiéndolo crudo, incluso podrido si hacía falta. Y cuidándolo por turnos en pareja, para que nadie se atreviera a llevarse un poco de más; tampoco de menos. Después de todo no eran pescados, era la vida misma y “no tenían precio”.

Están felices porque a la segunda semana llovió como solo llueve mar adentro. Y volvió a suceder a la tercera y luego a la séptima. Y cada vez se las ingeniaban más para recogerla y guardarla: unas botellas vacías, un balde, un vaso plástico pequeño, una funda bien sellada; todo servía para probar la gloria. Porque a eso se parece el agua dulce en el mar o, como lo explica Jorge, “sabe, cuando usted tiene sed y toma agua y dice ‘qué rica’. Ya pues, lo mismo, pero después de seis o siete días seco”.

Están felices porque en las noches de desesperación, cuando dos barcos habían pasado de largo, ignorando la tenue linterna que les servía de grito, vieron un tiburón merodeando su bote. Y aunque sintieron miedo y se recuerdan sin fuerza y el pescado estaba ya tan podrido que no había estómago para seguir consumiéndolo; echaron la red al mar y forcejearon hasta convertir al rey cazador de las aguas en el platillo de la noche. Y las mañanas y tardes siguientes. “Lo dejamos secar al sol y comíamos un pedacito cada día”.

Están felices porque en el día 45, ya hartos y quemados y sin ganas de cruzar palabras, hallaron en el agua un crucifijo blanco de plástico, de esos que brillan en la oscuridad. Y cómo brillaba en la suya, colgado del cuello de Carlos con un collar improvisado de cabo verde. “Yo sabía que era una señal”.

Están felices porque el buque inglés Giants Causeway, que había zarpado desde Chile con destino a China vio la luz titilante y diminuta, los embarcó y alimentó, los puso en contacto con la embajada ecuatoriana en el país asiático y, al día 52 de su naufragio, les devolvió la vida. “Thanks you, así se dice. Les pedí que me enseñaran a decir gracias en inglés”.

Están felices porque ya en Pekín, ya en manos de la diplomacia ecuatoriana que concedió el salvoconducto para que regresaran al país en avión - “nunca más por mar”- les contaron de la tragedia nacional, del 7,8 y los 660 muertos. Pero, tras confirmar por teléfono que su familia estaba bien, no les importó siquiera escuchar que también sus casas en Jaramijó se habían venido abajo. “De verdad le digo: uno aprende que lo que importa es la vida”.

Están felices porque cruzaron el mundo de un lado a otro en su primera salida del país. Y ya de regreso a Ecuador, ya fundidos en un abrazo emotivo, ya repartiendo besos hasta a la prensa, ya ansiosos por regresar a una tierra derrumbada que seguramente tardarán en reconocer, alguien les pregunta si les dio miedo volar por primera vez. “Solo me queda miedo al mar”.

Es verdad. Por eso, aunque cacofónico, aunque repetitivo, aunque redundante, no tienen miedo de responder una y otra vez cómo se sienten: “muy felices”, dicen. “Más felices que nunca”.

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