Los sirios fanáticos del fútbol se dan modos en Damasco para seguir por TV los incidentes de los partidos de la Copa del Mundo de Rusia 2018.

Desplazados respiran gracias al futbol

Estadísticas. El número de refugiados sirios ha roto la barrera de los cinco millones, según la Agencia de Naciones Unidas.

El poder de la pelota de fútbol. En un campo de desplazados en el norte de Siria, decenas de adultos y jóvenes se reúnen para ver las transmisiones del Mundial de fútbol en una gran carpa equipada con proyectores.

Desde el 14 de junio es el mismo ritual. En un campamento de la ciudad Ain Issa, a unos 50 km de Raqa, la ‘excapital’ del grupo Estado Islámico, los fanáticos al rey de los deportes, y los que lo son menos, acuden a una gran carpa al abrigo del calor.

Luego de siete años de guerra, el Mundial representa un breve respiro a sus preocupaciones y el día a día en el campamento.

La carpa para las transmisiones de los partidos es por iniciativa de una asociación de caridad local.

“Es una muy buena iniciativa poder asistir en un campamento al Mundial. Permite atenuar los malestares”, dice Abdalá Fadel al Obeid.

“La gente se divierte siguiendo los partidos (....). A todos les gusta el deporte”, agrega este hombre de unos 30 años que huyó hace más de un año de Maskana, en un suburbio de Alepo, cuando el régimen sirio lanzaba una ofensiva contra los yihadistas de EI.

Abdalá Fadel al Obeid, exjugador, cuenta cómo en su localidad natal los yihadistas “llegaban a las canchas, confiscaban los documentos de identidad de los participantes y los encarcelaban por pretexto de que el fútbol era la imitación de una tradición propia a los ‘apóstatas’”.

“Gracias a Dios, nos deshicimos de ellos y podemos ver partidos en libertad (...). A pesar de las circunstancias difíciles, somos felices”, continúa.

Hincha del seleccionado egipcio, el hombre dice que evidentemente lamenta la eliminación prematura de los Faraones. El entusiasmo es sin embargo sobrio, por falta de medios en particular (no hay banderas), en este campamento de 13.000 desplazados según la ONU.

Bajo la carta, que se convirtió en centro de reunión, los niños se sientan cerca de sus padres. Algunos tienen almohadas, otros se improvisan sillas.

Afuera de la carpa, Maabad al Mohamad, de 23 años, observa que este Mundial de Fútbol se lleva a cabo en un momento “extremadamente difícil” de su vida. El joven vive en una carpa de Ain Issa desde hace más de un año, tras huir de Raqa, su ciudad natal.

“Echamos de menos a nuestros amigos, el entusiasmo de ver partidos juntos”, lamenta.

Maabad se acuerda del Mundial 2014, que siguió desde su casa en Raqa. Entonces los miembros de EI hacían redadas regularmente en los cafés, y obligaban a los fanáticos de fútbol a regresar a sus casas.

“Las guerra nos quitó tantas buenas cosas, incluido el deporte”, lamenta este incondicional de Brasil.

Con más de 350.000 muertos, el conflicto sirio que estalló en 2011 con la represión de manifestaciones pacíficas, se volvió cada vez más complejo con múltiples actores y potencias extranjeras interviniendo militarmente.

Millones de sirios tuvieron que exiliarse.

Sentado junto Maabad, Abdalá Abdel Baset, de 47 años, es fanático del balón. Abdel Baset está activamente implicado en la vida deportiva de los jóvenes del campamento, que repartió en varios equipos.

La instalación de un videoproyector colma, dice, “el vacío y el aburrimiento” y permite “alejar a algunos de sus problemas”.

Pero el entusiasmo de este año no es el mismo que en los anteriores mundiales, lamenta.

“Antes había un gran entusiasmo, pero aquí los espectadores casi no aplauden, salvo si se marca un gol”.

“La guerra afectó a esta generación, privándola de deportes durante siete años”, dice.

Pero Abdalá conserva un poco de optimismo para el futuro. “Esperamos ver el próximo Mundial en nuestras casas”.