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Desarraigados
Queremos corregir nuestra democracia delegándola cada vez más. En una esquina los activistas y en la otra los desarraigados del entorno y su política. De un lado los sufridos ciudadanos y del otro los anestesiados espectadores del destino de la sociedad.
Desde que existen las democracias, una mínima participación de la gente es necesaria en los asuntos públicos. En las democracias más participativas, votar solo complementa el enrolamiento activo del ciudadano en foros de decisión; en las democracias representativas, votar y elegir a terceros que nos representan es todo el quid: votamos y luego solo nos quejamos hasta la siguiente elección.
Si las encuestas -por una vez- no mienten, los números de toda la función pública son lamentables. Otras instituciones que antes eran reducto de respeto y credibilidad también sufren hoy: hasta las iglesias atraviesan una crisis moral.
Y en las próximas elecciones nos piden que elijamos más representantes. En la papeleta encontraremos candidatos al Consejo de Participación Ciudadana.
Escogeremos más políticos para que hagan participación ciudadana por nosotros. A ellos delegamos pasivamente el último resquicio de responsabilidad ciudadana propio de un sistema democrático: la “participación”. A ellos les decimos encárgate de participar de los asuntos públicos porque yo no lo voy a hacer. Les encargamos controlar, criticar y hasta elegir más políticos.
Queremos corregir nuestra democracia delegándola cada vez más. Pero ni aunque elijamos más y más, y más representantes obtendremos el cambio que idealizamos. Porque sistema político, representantes, decisiones y en última instancia cultura política, son todas expresiones -sí, representativas- de nuestra sociedad.
Al igual que pedirle a Dios que sea él quien corrija la iglesia de los hombres y recostarnos a esperar, pedirle a los hiperproducidos y mediatizados candidatos, aquellos que quieren lucir como artistas, que corrijan la política de los hombres, solo muestra nuestro desarraigo político.