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El derrumbe del “brexit”

La primera ministra británica Theresa May tenía un plan: “brexit es brexit”: retirar al Reino Unido de la Unión Europea tan rápido que los votantes no se dieran cuenta de que en la campaña del referendo los engañaron y no castigaran al Partido Conservador por haberlo hecho. El plan era fingir que lo que se negociara con la UE sería la mejor solución “a medida” posible para que el RU pueda abandonar el bloque conservando acceso irrestricto al mercado europeo. Desde lo político y partidista, el plan tuvo sentido hasta la elección anticipada de junio pasado, cuando May perdió la mayoría parlamentaria. Desde entonces, la política británica gira en torno de un solo dilema: cómo evitar la veloz destrucción de buena parte de la industria británica (con las cadenas de suministro europeas) sin aceptar el “modelo noruego”, que supone obedecer las reglas de la UE sin tener voz en su elaboración. Para evitar este desastre al gobierno de May, la Comisión Europea tuvo la gentileza de acordar un “período de implementación” de 21 meses a partir de marzo de 2019, fecha oficial de salida del RU. La idea era usar dicho período para terminar de negociar los detalles de la relación futura. Pero May dilapidó la oportunidad y siguió insistiendo en una serie de puntos no negociables, que incluyen no aceptar la jurisdicción del Tribunal Europeo de Justicia, y tratar de reproducir los beneficios de un comercio fluido con el mercado común europeo. Esas exigencias no le dejan a la Comisión modo de hacerlo, estanca las negociaciones e imposibilita alcanzar un acuerdo final para el “día del brexit”. Incluso con la postergación hasta 2021 del “brexit económico”, gracias al “período de implementación”, no hay tiempo suficiente para reestructurar la industria británica para que sobreviva a la introducción de los controles fronterizos normales de la UE con el resto del mundo. En previsión del desastre, los europeístas del gobierno de May propusieron un “modelo de Jersey”, en el que la industria británica permanecería dentro de la unión aduanera, el mercado común y el área común de impuesto al valor agregado de la UE, pero se limitaría la movilidad de mano de obra y servicios. Esta propuesta es inaceptable para la UE, que insiste en que las “cuatro libertades” (libre movimiento de bienes, capital, servicios y mano de obra) son inseparables. May acordó en diciembre que no habría frontera física o económica entre Irlanda del Norte y la Rep. de Irlanda (que seguirá dentro de la UE), pero también prometió a los protestantes del Úlster que no habrá frontera entre Irlanda del Norte y Gran Bretaña. Así, la única solución para May es evitar una frontera controlada con Europa continental. Los británicos quieren que la UE abandone sus principios fundacionales a cambio de 40.000 millones de euros y de que no haya frontera controlada en Irlanda. Pero como el RU ya comprometió esas concesiones, la UE no tiene motivos para atender a sus demandas especiales. Si el gobierno de May reniega de sus compromisos, habrá un “brexit sin acuerdo” y muchos sectores de la economía británica quedarán diezmados. La única salida es a través de una crisis política que podría ocurrir en Europa como resultado de conflictos entre Estados miembros y de que el presidente Trump debilite a la UE. Mas se necesitaría que el período de transición se extienda, luego de lo cual se firmaría un acuerdo de libre comercio, con una frontera económica en el Mar de Irlanda. O postergar varios años el “brexit”, con el modelo “noruego ampliado” como meta definitiva. Ambas alternativas incluyen la posibilidad de otro referendo y la anulación total del “brexit”.