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Diario Expreso Ecuador

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Culpable

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La expresión “crimen de Estado” es abominable. Es que luego de discutir durante siglos, los teóricos llegaron a la conclusión de que el fin último del Estado es el bien común, el bienestar general. Pero si este no se encuentra obligado como hoy en día a garantizar nuestro bienestar sino un exótico “buen vivir”, puede secuestrarnos y matarnos, como ha sucedido en la década robada. Las declaraciones del agente Chicaiza, corroboradas por las de Diana Falcón, revelan que el “jefe de todos los poderes” pudiera ser (aún goza de la presunción de inocencia) quien se dedicó a intentar secuestrarnos y posiblemente matarnos, tal como sucedió con los crímenes de Estado del general Jorge Gabela y la tentativa de secuestro a Fernando Balda. La frase que Chicaiza le atribuye, diciéndole: “Compañero, el flaco ya sabe lo que tienes que hacer; tienes el apoyo político, económico e institucional, manos a la obra”, revela quién estaba detrás de todo, “antes, durante y después” de la tentativa de secuestro. Su obsesión personal por Balda y Galo Lara fue la que lo impulsó a “castigarlos”. Ambos habían cometido el “irrespeto” de poner en evidencia sus supuestos devaneos sexuales. Lo irónico es que la colectividad ecuatoriana cambió su percepción respecto a la homosexualidad. A nadie le importa si las denuncias de Lara y Balda son ciertas o no. Si alguien “es” o “no es”, si sale del clóset o se queda en él. Pero esa falta de percepción del cambio y su descomunal ego fueron lo que lo perdió, pues al hacer uso de su inmenso poder para perseguirlos, dejó un reguero de evidencias que ahora se tornan en su contra.

Su odio lo llevó al extremo de instigar el delito, sin lo cual no se hubiera ejecutado. Por eso Correa no es el “autor intelectual” de ese delito, sino su coautor. Y en cuanto a la veracidad de los testimonios, es evidente que no se trata de algo fraguado, como él intenta hacernos creer, salvo que Chicaiza sea un actor digno de un Óscar. Nadie llora en una declaración testimonial. Por eso tenemos un “inocente” que -al haber sido condenado por la opinión pública- ya es culpable ante la colectividad.

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