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Cosechando el odio
Desde que asumió el poder, el correísmo anunció el triunfo de la revolución ciudadana. No anunció el triunfo de su partido sino el de la revolución misma, de aquella que refundaba un nuevo país, en el que el pueblo, esa expresión tan abstracta y manoseada a la vez, asumiría el poder y “ejercería” sus facultades soberanas... ...por intermedio, claro está, de su líder Correa y de quienes decían representar al socialismo del siglo XXI, con el membrete de Alianza PAIS, su creación doctrinaria. “Somos más, muchísimos más”, afirmaba pedantemente Correa. Y durante diez años se mantuvo el mito de una revolución que redimiría a los ecuatorianos. Su sistema de gobierno quedó recogido en una Constitución a la que se le vaticinó 300 años de vigencia y el hombre, el proletario, el desamparado, pasó a ser la figura central y permanente de la retórica revolucionaria y el supuesto beneficiario exclusivo de las bondades socialistas. Así podría resumirse la ideología de Alianza PAIS, aunque la realidad mostró que fueron otros los que resultaron ser los verdaderos beneficiarios del sistema dictatorial y autoritario bautizado como revolución. Tras diez años de discursos que pretendían identificar a Alianza PAIS con la prosperidad, había razones para pensar que su ideario estaba esculpido en piedra, cual mandamiento bíblico. Pero bastó el primer revés sufrido ante Moreno para que el partido y sus bondades, su ideario y sus principios se fueran -parafraseando a Lenín- al carajo. Ahora hablan de crear un nuevo partido. ¿Nuevo ideario?, ¿nuevos dogmas?, ¿nuevas mentiras que sirvieron a Correa de sostén doctrinario para engañar a todo un país?
La revolución ha dejado de ser correísta. La toxicidad socialistoide tiende a desaparecer, aunque un país saqueado muestre sus heridas. Sus recursos han sido dilapidados o robados en nombre de una revolución farsante que, paradójicamente, al conocerla en más detalles, ha servido para consolidar en el poder al nuevo presidente. No se equivoca Osvaldo Hurtado al considerar inadmisible la idea de que Correa no tenía conocimiento ni connivencia algunos en la descomunal corrupción de su gobierno.
Hay que reconocer, sin embargo, que el correísmo supo construir una cultura muy peculiar que lo identifica cual marca registrada: la cultura del odio generado y transmitido por su líder, y utilizada histriónicamente para seducir a los resentidos y encubrir también sus fechorías.
Se avecina la consulta popular y la presencia de Correa en el Ecuador es la última carta que este se juega para sobrevivir al descrédito que comienza a cernirse sobre su propia cabeza con implicaciones incluso penales. El partido de quienes eran “más, muchísimos más” se le ha esfumado. Hoy son menos, muchísimo menos que ayer.
Unos cuantos leales y otros tantos pícaros seguirán a su lado por algún tiempo, al cabo del cual comprobará Correa que fue torpe de su parte sembrar tanta discordia. La ética política que el país logre recuperar tras la consulta convocada, exige acabar con todo vestigio del correísmo y así evitar que la inescrupulosidad se afiance nuevamente. Correa y sus huestes deben cosechar el odio que sembraron y purgar en prisión los delitos cometidos contra un país pobre, que no logra salir del subdesarrollo.