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Corpus
Hasta hoy sigo preguntándome por qué la fiesta de Corpus juega en la primera división de las que han entrado en la entraña popular. Algo percibieron las gentes que hizo a este ‘Corpus-Cuerpo’ cercano y alcanzable, celebrable con las mejores flores del momento para sacarlo a pasear por las mismas calles por donde procesionaron los Cristos adoloridos de la Semana Santa.
Durante muchos años y para muchos hermanos, el Corpus era la hostia redondita y blanca que usamos para las misas. Recuerdo los esfuerzos de mi párroco por rebañar con la patena hasta la última miga caída en el corporal y el ritual lavatorio cuando una hostia se caía durante la comunión de los parroquianos. ¡El cuerpo de Cristo por el suelo! Años después, participé en una misa en rito oriental y un oficiante, tras recoger los panes sobrantes, simplemente aventó las migas que habían quedado en el fondo de la bandeja. Ahí descubrí que ellos no pensaban lo mismo que mi buen párroco respecto al cuerpo de Cristo y al suelo.
De bien adulto, unos ladrones se llevaron el sagrario entero, con los copones que guardaba, de la capilla del hospital en que yo trabajaba. Me dio tristeza, sí, y me quedé un rato en el silencio oscuro pensando si el Cristo-Cuerpo estaría sufriendo más porque se lo hubieran comido de mala manera y vendido las copas; o su dolor era mayor y más vivo por el dolor de los cuerpos que, en el hospital, a esa hora, luchaban por vivir.
Me parece hermoso que, donde se puede, sigan celebrando con flores y cantos, que el Señor-Amigo Jesús quisiera quedarse con nosotros en la eucaristía, tal y como Pablo reconoce haber recibido de una tradición que arrancaba del maestro (1Cor 11, 23-26). Pero el apóstol llega a ese recuerdo porque echa en cara a sus queridos corintios que, cuando “se reúnen, no comen la cena del Señor porque cada cual se adelanta a consumir su propia cena y, mientras uno pasa hambre, otro se emborracha” (v.21). Así que la reunión en que se “consagra” el pan y el Cuerpo de Cristo se hace comida para la comunidad, tiene que ser una reunión para celebrar la esperanza, la fraternidad, la vida... Un Cuerpo-pan comido por un grupo que no es cuerpo-corazones es como una copa que se derrama y no alegra la marcha de los caminantes.
Hoy, el evangelio de Lucas nos cuenta la merienda que tuvo lugar al caer la tarde, en un paraje deshabitado (9, 11-17). Los discípulos de Jesús se preocupan: “diles que se vayan a comprar comida y a ver dónde pueden alojarse”. Realistas los muchachos. Y Jesús: “denles ustedes de comer”. Iluso el maestro. “Solo tenemos cinco panes y dos pescados, salvo que vayamos a comprar comida para todo este gentío (eran como 5.000 hombres)”. Siguen pisando tierra. Y Jesús decide que tienen que comer porque su palabra no era solo para el espíritu. Que se sienten en grupos de 50. Organizado el maestro. Comieron pan y pescado. Digo yo que alguna fuente habría por allí, para que no se les indigestara el pan seco. Lo celebraron. Quizá hasta cantaron porque, sin saberlo todavía, ellas y ellos eran el cuerpo de Cristo aquella tarde, como lo seguimos siendo todos los hambrientos de Dios mañanas y tardes y noches, que la vida siempre es, según se mire, una preciosa y larga eucaristía. Buenos días.