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La conversion del Nino Dios
Hay quienes tienen cómo pagar por la figura de un Niño Dios de 57 centímetros que sobrepasa los $ 150, o simplemente por uno de apenas $ 5.

Jesús nace cada 25 de diciembre y la manera como llega al mundo depende de la economía de cada hogar. Hay quienes tienen cómo pagar por la figura de un Niño Dios de 57 centímetros que sobrepasa los $ 150, o simplemente por uno de apenas $ 5.
Pero tanto el tamaño como el costo importan muy poco ante la reverencia que sienten los católicos por esta imagen a la que desde la noche del 24 ubican en un lugar preferente de la casa y que rodean con los mejores adornos.
“Se trata de una simple imagen”, dice Jimmy Gaybor Erazo, estudiante de tercer año de Administración de Empresas de la Universidad Central de Quito que cada año a partir de noviembre embala desde su taller de 200 a 300 pequeñas imágenes del Niño Dios con destino a Guayaquil, Loja, Olón, Puyo.
Sin embargo, al hacer este artista un razonamiento de lo que elabora con resina y fibra de vidrio, explica que las réplicas tienen cierto significado. “Es como la foto de un ser querido a la que se la conserva con mucho cariño y se le debe un gran respeto. Es solo eso”.
Adquiere un nivel mayor cuando el sacerdote lo bendice, indica Ricardo Terán, administrador de una de las dos librerías en Guayaquil de la multinacional San Pablo, que ofrece hasta 10 tamaños de Niños Belén, como también se conoce al Niño Dios. Algunos de estos, importados de Italia.
Existe todo un ritual litúrgico alrededor de estas imágenes. También tradiciones. En lo formal, están las novenas. Las familias se reúnen en las nueve noches previas para recordar los pasajes bíblicos relacionados con el nacimiento de Cristo. “Esto debe hacerse siempre con el pesebre vacío y las luces apagadas”, dice Jaime Cruz Abad, el sacerdote guayaquileño párroco de la iglesia Santísimo Sacramento, ubicada en los alrededores del Mercado de las Cuatro Manzanas, uno de los lugares donde cada año se venden hasta 200 imágenes del Niño Dios, según un sondeo que hizo Diario EXPRESO entre los comerciantes del área.
En gran parte de los hogares guayaquileños no hay Navidad sin un Niño Dios. Eso sucede en la familia Pérez Tomalá, en el número 1004 de la avenida Costanera, en Urdesa central. En este caso, la solemnidad la provoca el que sean dueños de una imagen a la que le estiman cerca de 200 años.
“Era de mi bisabuela paterna, quien residía en Quito. Se lo legó a mi abuelita (María Esther Moscoso Benavídez) y de ahí pasó a una tía (María Judith), quien lo tuvo hasta que falleció en el 2003”, relata Juan Pablo Pérez, periodista guayaquileño que heredó la imagen y que junto a su madre (Alejandrina Tomalá Leal) y dos hermanos, continúa una antigua tradición familiar: venerar la imagen del Niño Dios.
Los Pérez arribaron en las primeras décadas del siglo pasado para fundar la Curtiembre Durán. Uno de sus descendientes es César Eduardo Pérez Moscoso, padre de Juan Pablo. “Fue el promotor de la construcción del monumento a Gabriel García Moreno que está ubicado en el centro del parque Victoria, y creó también la Fundación Símbolos Patrios”.
Fue por este quiteño, quien murió en 1999, que el Niño Dios antiguo llegó hasta esta familia de Urdesa.
Una modista para el Niño de Belén
Diciembre es intenso para Lourdes Vera. Pero es el mes en el que la demanda de trabajo permite los mejores ingresos del año. Ella es parte de un pequeño taller de reparaciones, ubicado en la esquina de Los Ríos y General Gómez, donde trabajan unas ocho personas, casi todas parientes.
Un lugar que desde hace tres generaciones se conoce como La Clínica de las Muñecas.
Desde noviembre aparecen las primeras imágenes del Niño Dios que requieren una nueva pintura, el arreglo de una mano, que le coloquen nuevos ojos o simplemente la confección de una vestimenta apropiada.
Es en este caso que la labor se centra en Lourdes, quien anda por los 50 años. “Además de reparar las imágenes, soy la modista del Niño Dios”.
“No es que haya estudiado confección, pero las personas que llegaban por una restauración preguntaban si cosíamos vestidos. Alguna vez no me quedó otra que decir sí”, recuerda.
Ya lleva cerca de 30 años confeccionando las diminutas prendas de vestir, por lo que ha perdido la cuenta de a cuántos Niños Dios vistió.
Elabora desde la ropa hasta los zapatos. El costo por conjunto va desde los 20 a los 300 dólares. “Hay quienes lo pagan. Los guayaquileños somos muy católicos y damos a nuestro Señor lo que se merece”, comenta la artesana.