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Concertar la lucha antidrogas
únicamente frente a las grandes tragedias que afectan al conjunto de la población, es posible lograr acuerdos en el Ecuador. Una mala manera de entender la política como otro modo de expresar odio, visualizando profundos complejos, evidencia la ausencia de inteligencia emocional que sufre una mayoría de quienes se dedican a esa actividad, otrora respetable.
Ello, sumado a las humanas ambiciones, hace complicado el llegar a conseguir consensos. Acordar no genera réditos políticos. Confrontar rudamente, aparentemente, sí los otorga.
Sean como sean las cosas, valga en cualquier caso reconocer que las drogadicciones constituyen una gran tragedia para cualquier país que aprecie su futuro y, por ello, el que representantes de corrientes políticas divergentes se puedan sentar a dialogar para buscar en esfuerzo común la posibilidad de reducirlas, debe merecer apoyo incondicional de la ciudadanía y, en efecto, existe certeza estadística de que así ha ocurrido.
Bien por lo hasta aquí logrado. Las imprescindibles revisiones a las líneas generales de la política pública destinada a combatir las drogadicciones, precisamente debe realizarse y con urgencia, en razón de las falencias que la voluntad de imponer voluntariosamente ha dejado observar.
Reafirmando que en esencia, las adicciones de diverso tipo y con ellas las drogodependencias, constituyen un asunto a enfrentar considerándolo un problema de salud, la práctica ha demostrado que la decisión de establecer tablas de consumo individual en ánimo de diferenciarlo del tráfico, se constituyó en un mecanismo que lo favoreció. Era imperativo, por tanto, revisarlas luego de la experiencia acumulada desde hace cuatro años. Hacerlo no establece un alejamiento de los principios del partido que ganó las elecciones sino dar paso a la satisfacción de una necesidad largamente sentida.
En cualquier caso, las declaraciones orientadas a descalificar los acercamientos al poder Ejecutivo, de nada menos que candidatos presidenciales de la última contienda electoral, en ánimo a encontrar consensos frente a delicados asuntos públicos que así lo requieren, son reveladoras de que la tendencia a confrontar, pese a los esfuerzos del primer mandatario orientados a unir a la República, persisten entre quienes siguen enfermos de infantil sectarismo.