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Casa para tres
Se dice siempre que la novedad de la revelación cristiana está en un Dios que es Trinidad. De niños, muchos aprendimos en la catequesis aquello de “tres personas distintas y un solo Dios verdadero”. ¿Cómo ha calado esto en los fieles de a pie? Porque los fieles de los libros, durante años, se perdieron en la elucubración de las relaciones “ad intra” en la Trinidad, las ídem “ad extra”, las procesiones y otra serie de esfuerzos intelectuales intentando acercar el “misterio”. Porque de eso se trata: del misterio de la Trinidad, el misterio de Dios.
Lo malo del tema es que la Trinidad, durante mucho tiempo y mucha pastoral, se quedó en “doctrina” y las doctrinas tienden a criocongelarse en fórmulas, de manera que no llegan con fuerza vital hasta las personas. Y lo que Jesús de Nazaret pretendió era precisamente eso: llegar a las personas, incendiar sus ilusiones, poner las doctrinas al servicio de las vidas, desencriptándolas. Por eso él llamaba “Abbá” a Dios y como tal lo trataba y se sentía tratado. Por lo mismo, insistía a sus discípulos, en el discurso de la Cena, que no estuvieran tristes porque el Abbá iba a enviarles, en su nombre, al Espíritu Santo, “que les iba a poner las palabras en la boca cuando necesitaran defenderse” y a agrandar su brazos cuando necesitaran abrazar a los pequeños en las comunidades cotidianas.
El lenguaje “trinitario” procede de Jesús y, escuchándolo tal y como el evangelio -sobre todo el de Juan- nos lo presenta, resulta que el tono con que Jesús se refiere al Padre y al Espíritu no tiene resonancias académicas ni culturales. Es un tono familiar, como quien habla de algo que es normal “en su casa” y es para él experiencia y no concepto. Es así cuando nos dice que “el Padre y él vendrán a nosotros y harán de nosotros su casa” y que el Espíritu “lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y nos comunicará lo que está por venir”.
Él nos decía que “el Padre y yo somos uno” y no hay propiedad privada dentro del Ser de Dios porque “todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso les he dicho que (el Espíritu) tomará de lo mío y se lo anunciará”. En realidad, como yo dejaré el tiempo como hombre histórico, el Espíritu les acompañará en su peregrinar por el tiempo para que no se sientan huérfanos de Padre, para que vivan el milagro del amor cada día, que les llega con el pan, y lo extiendan a cuantos más mejor, porque esa es la hambre más profunda que sienten todos, aunque por el camino digan y hagan lo contrario.
Colgados de las palabras de nuestro Jesús, podemos decir que cada una de nuestras comunidades y cada una de nuestras personas es una casa para tres que existen y van juntos, a quienes conocemos porque uno de ello se hizo ciudadano de nuestra aventura histórica y nos lo “contó”. Porque explicarlo, lo que se dice explicarlo, ni lo intentó. ¿Cómo podría hacerlo si su propia existencia humana estaba transida de misterio?
Las tres personas no ocupan sitio; no arrasan ni entran sin permiso. Tocan a la puerta antes de entrar. Nos quieren despiertos. Y libres. Con permiso de los teólogos, somos la “cuarta personilla” adjunta a la Trinidad. Buenos días.