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Bautismo general

Hay gente que se enfada con los responsables de las parroquias porque ellos quieren que sus hijos -suele ser más bien su nietos- sean bautizados en ceremonia especial, donde toda la familia pueda hacer fotos y los lloros del infante no se diluyan en un lamento general. Que esa exclusividad no debe ser solo para hijos de reyes, marquesas y otras más o menos respetables gentes de la farándula.
En tiempo de Jesús no había parroquias ni, que sepamos, bautizos de pequeños. Quienes entonces bautizaban eran un poco outsiders, como Juan, que antes de hacer del río Jordán una pila bautismal, se la pasó autobautizándose en el desierto. Lo cierto es que Juan levantó mucha polvareda con sus sermones, sus críticas y su llamada a la conversión. Y, para que las personas expresaran su voluntad de ponerse en el camino que llevaba a Dios, les ofreció el signo del bautismo en el río. No escribo que les brindara un rito homologado por las autoridades. No. Iba quien quería dar el paso. Y fueron muchos. De todas partes. Fueron también jóvenes galileos que atravesaron el país para llegar hasta la voz en la que resonaban los viejos profetas
Jesús fue uno de ellos. Participó en los días de discipulado con el Bautista. Tuvo tiempo para meditar y sopesar si el camino de Juan era su camino. Concluyó que, básicamente, sí. Se quedó por allí y, un día... “en un bautismo general, Jesús también se bautizó”. Lo que allí sucedió debió ser muy importante para los cristianos del comienzo, porque todos los evangelios lo narran, con algunas variantes. Y todos están de acuerdo en que, a partir de ese momento, Jesús puso la proa hacia el horizonte del Padre.
Dejemos lecturas con “efectos especiales” que nos hacen imaginar una paloma -Espíritu Santo- planeando sobre Jesús metido en el agua y luego una rotunda voz que casi tumba a los asistentes, porque venía del cielo y decía: “Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto.” Lo que está claro es que las comunidades creían que la madurez de la conciencia mesiánica de Jesús arrancó de cuando sacó su cuerpo de bajo el agua y la luz del Espíritu, la caricia de su vuelo y el calor de la tarde le dijeron: eres uno de tus hermanos, eres el Hijo pero tienes que convencerlos de que ellos también son hijos del Padre, aunque lo escriban con minúsculas.
Lucas, que sabe el terreno que pisa, aclara muy bien que Juan no monta el escenario. Huye del fervor que ha despertado en la gente y aclara que “él solo bautiza con agua y que tiene que llegar otro que los bautizará con Espíritu Santo y fuego”. Y Jesús saldrá de allí pleno de Espíritu... curiosamente, buscando un desierto en el que descubrir -desde la fe- sus rutas.
Aquello no era “el sacramento” del bautismo. Si lo pensamos con paz, es posible que nos ayude a dar vida a lo que ahora es un sacramento con peligro de quedar en rito. Porque vamos a intentar convertirnos, ¿no? Falta nos hace. Buenos días.