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Alambiques de odio
Bien se ha señalado, recordando a don Eloy Alfaro, que el miedo es muy mal consejero. Sin embargo, y en ámbito mundial, no se ha tenido la cortesía cívica de no utilizarlo como instrumento de la política, pese a los enormes riesgos que hacerlo involucra.
La tragedia humanitaria generada por el nazismo partió de una siembra de miedo, generadora de tanto odio que dio lugar al holocausto, así: holocausto por antonomasia, el que sufrió el pueblo judío.
Sin embargo se continúa, irresponsablemente, sembrando miedo. La campaña del señor Trump en los Estados Unidos es una viva muestra de lo afirmado, y los conflictos que ello está generando -y los que vienen-, serán la consecuencia del odio destilado.
En efecto, a partir del miedo, usado como combustible para poner en ebullición las distintas manifestaciones de la ignorancia: prejuicios raciales, homofobias, vanidades de superioridad étnica, destinos preestablecidos, roles mesiánicos y todo un largo etcétera -compendio de la tontería humana-, se logra producir enormes cantidades de odio, veneno poderoso que intoxica poco a poco pero irreversiblemente, a pueblos y personas y, en razón de los sentimientos que desata, se asesina y se está dispuesto a morir.
No está libre de intoxicarse ninguna región de la Tierra, no importando su educación o su cultura. Por supuesto, está claro: la ignorancia es más susceptible a los efectos del miedo porque propende al fanatismo, y fanático es aquel que redobla el esfuerzo habiendo olvidado el fin.
Para que la falta de memoria de las razones del actuar no molesten a los residuos de conciencia individual o colectiva que se puedan mantener, se odia entonces en nombre de Dios, de cualquier dios que, pareciera, basta la divinización del actuar para justificarlo.
Frente a la ola de odio que, otra vez, invade al planeta, la lucha contra sus negativos e inaceptables designios tiene que ser orientada por una profunda labor de concientización liberadora de los miedos pero, sobre todo, liberadora de las ignorancias que permiten ver al otro, al distinto, como el enemigo a ser aniquilado, por el simple hecho de sus atemorizadoras diferencias, que tal vez sean el camino para que se evidencien las propias.
Cuando el miedo de observarnos a nosotros mismos en el otro resulta insoportable, rompemos el espejo.