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Aida: una anecdota

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Luego de la presentación en Parma de 1872, Verdi recibió una carta de un espectador: “...atraído por la sensación que su ópera Aída estaba causando, fui a Parma. Estuve en mi asiento media hora antes de la función... Cuando terminé la ópera me pregunté si estaba satisfecho. La respuesta fue negativa. Regresé a Reggio y en el tren escuché comentarios de mis acompañantes... Consideraban a Aída un trabajo extraordinario. Por ello se despertó en mí el deseo de oírla nuevamente, así que regresé a Parma... Había tal multitud que tuve que gastar 5 liras para ver la ópera con confort. He llegado a la siguiente conclusión: la ópera no contiene nada excitante o electrizante... Ahora, mi querido “signor” Verdi, puede usted imaginar mi arrepentimiento de haber gastado 32 liras por estas dos veces que fui al teatro; ese dinero presiona mi mente como un terrible espectro. Por lo tanto, me dirijo a usted abierta y francamente para que usted me devuelva ese dinero. Aquí va la cuenta: tren 11,80 liras; teatro 16,00 liras; cenas en la estación 4,00 liras; total 31,80 liras. Sinceramente suyo, Propero Bertani”. Verdi escribió a Ricordi: “...para librar a este caballero del fantasma que lo persigue... pide a uno de tus agentes que le envíe la suma de 27 liras y 80 centavos al signor Propero Bertani; Vía Domenico, No. 5, Reggio... No es la suma que él demanda, pero pagarle la cena sería llevar la broma demasiado lejos... Él tiene que enviarte un recibo y una promesa escrita de que nunca más asistirá a una de mis óperas, de manera que nunca más se exponga a ser perseguido por espectros y además, me ahorre a mí, futuros gastos”.

Lo mejor vino luego. Verdi publicó ambas cartas en la mayor cantidad de periódicos posibles en toda Italia. La ira de Dios cayó sobre don Propero; una gran nube negra se posó sobre su cabeza. Cartas de toda Italia llovieron insultándolo, amenazándolo, maldiciéndolo. Una carta anónima de Parma amenazó con cortarle la cabeza. El pobre no se atrevía a salir de su casa, y para alivio de Verdi, tampoco volvió al teatro a ver una ópera del maestro por temor a lo que le harían los “fans”.

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