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2017 - Pronostico reservado
Vivimos de acuerdo a convenciones universalmente aceptadas. De entre estas, la más ubicua es la del calendario. Se inicia un nuevo año, hay nuevos propósitos, y el natural entusiasmo de que todo irá mejor.
Pero la economía no reconoce calendarios, sino ciclos.
Estamos, lamentablemente, en el ciclo recesivo que se insinuó por primera vez en 2013, cuando fue necesario empezar a apuntalar el modelo de gobierno basado en la expansión fiscal con endeudamiento cada vez más agresivo.
Con la visión perfecta que el análisis del pasado nos permite, podemos sostener que hasta el segundo semestre de 2014 el petróleo se mantenía por encima de los noventa dólares y el país debía unos $15.000 millones menos. Las inyecciones de recursos podían, entonces, producir crecimiento y permitirle al Gobierno argumentar que todo estaba en orden.
Hacia el cierre de 2016 la situación se presentó más complicada.
Fue el año de mayor endeudamiento (superior al 10 % del Producto) y no obstante ello, de crecimiento negativo. El déficit fiscal creció, y sabemos que constituirá la jaqueca más fuerte del próximo Gobierno. Se perdieron plazas de trabajo. Cayeron las recaudaciones de tributos al haber llegado al nivel de estrangulamiento por la imposición de nuevas cargas. Se consideró una victoria cuando el petróleo rozó los $50 por barril. Continuaron las salvaguardas con lo que se paralizó el comercio y colapsó la construcción, el otrora sector más dinámico de la economía.
Es una antesala muy complicada para el año que se inicia. El denominado desapalancamiento fiscal no puede ser pospuesto pues no se puede seguir viviendo con la ilusión del petróleo de $100 el barril; o como que si los tributos continuasen creciendo, o el crédito ofrecido fuere abundante y barato.
Hay la disyuntiva de cambio si el candidato oficial pierde las elecciones. Si las gana, él ya ha dejado entrever, en lo poco que ha articulado, que todo seguirá igual.
Hace rato que extravió la brújula, y por ello hay acciones del Gobierno que aparecen atrabiliarias y caprichosas (como la ley de plusvalía), levantando objeciones que son válidas.
Las crisis hay que enfrentarlas con serenidad e ideas claras; hay que luchar y vencer si se quiere aspirar a cambiar las instancias de deterioro. He ahí entonces el pronóstico reservado.