La sombra del Azteca
México pudo ganarle un partido a Ecuador, pero perdió el respeto del mundo, porque una sede también se mide por la manera en que recibe a quienes la visitan

Lo ocurrido en este Mundial refleja heridas sociales que México nunca sanó y que pueden proyectarse sobre cualquier sociedad atravesada por la narcocultura y la violencia. Ecuador debe estar alerta.
Hay derrotas que duelen más allá del marcador. No por el resultado, sino por la forma en que un pueblo es tratado. Demoré estas líneas porque quería saber si lo vivido por Ecuador era un episodio aislado. Esperé el encuentro frente a Inglaterra y ocurrió lo mismo, confirmando que el problema iba mucho más allá de un solo rival y de su pequeño gran lío de ‘embajadas’.
No hablo de México como un todo. Sería injusto reducir un país entero a su porcentaje de violentos. México también es el de Amado Nervo, el de sus grabadores y muralistas, el del diplomático que me enseñó a amar la arqueología.
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Pero ese ‘otro’ México fue impresentable. Hubo hostigamiento a delegaciones visitantes, cuestionamientos sobre la organización, problemas en algunas sedes y un clima de tensión y violencia que, en mi opinión, nunca debió acompañar una fiesta deportiva. El Mundial imaginado por Jules Rimet debía acercar a los pueblos, no convertir al visitante en enemigo.
Advertencias sobre el crimen organizado
Pero esta no es solo una columna sobre México. También es una columna sobre Ecuador. Los temores que despertó aquel Mundial -la influencia del crimen organizado, las amenazas, la violencia, el crecimiento de las apuestas ilegales, la desconfianza en las instituciones deportivas y las sospechas que erosionan la credibilidad del juego- son advertencias para toda América Latina, especialmente para el fútbol ecuatoriano.
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Como escribió Nietzsche, quien contempla demasiado tiempo el abismo corre el riesgo de que el abismo también lo contemple. Es un abismo que Ecuador no debe mirar ni repetir. Lo ocurrido refleja heridas sociales que México nunca sanó y que pueden proyectarse sobre cualquier sociedad atravesada por la narcocultura y la violencia.
A Ecuador, México pudo ganarle un partido, pero perdió el respeto del mundo. Una sede también se mide por la manera en que recibe a quienes la visitan. Ojalá esta experiencia sirva de lección para futuras sedes de América Latina.