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Diario Expreso Ecuador

Y mientras tanto...

De los informes y control de la dependencia referida pueden depender investigaciones previas en Fiscalía, sanciones y la reputación algunas personas

Contraloria General del Estado

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Miércoles de la semana pasada, tres y algo de la tarde. Seguramente usted, como yo, estaba en alguna actividad propia de nuestro diario quehacer. Ese día recordé la frase de una canción de Enrique Iglesias y Gente de Zona que dice: “Yo te miro y se me corta la respiración”. Muchos sentimos algo parecido cuando vimos el video de varias funcionarias de la Contraloría General del Estado bailando en plena jornada laboral y dentro de sus instalaciones.

Mientras ese video volaba en redes sociales y con distintos atuendos alegres ‘echaban paso’, en esos mismos escritorios se siguen gestando exámenes especiales que desafían toda lógica jurídica, informes con indicios de responsabilidad penal que parecen escritos para asustar gente antes que verdaderas noticias del delito y actuaciones que, en no pocos casos, terminan siendo desbaratadas cuando finalmente pasan por un juez o por la Fiscalía

La imagen pública y la confianza ciudadana

La Contraloría no administra un concurso de talentos ni –hasta donde yo sepa– ha sido designada como sede de la nueva temporada de Bailando por un sueño. Administra el adecuado control de los recursos públicos (qué paradoja, ¿no?). Definitivamente hay el justo derecho al ocio y diversión, pero es evidente el dónde y el cuándo, más aún cuando se desempeña un cargo público cuyo salario es pagado con nuestros impuestos. 

De los informes y control de la dependencia referida pueden depender investigaciones previas en Fiscalía, sanciones administrativas e incluso la reputación de personas que tardaron décadas en construirla. Es tan delicado su rol que uno esperaría que el ambiente dentro de esa institución se pareciera más a una biblioteca que a un estudio de TikTok.

Mientras miles de ecuatorianos hacían fila en una institución pública o esperaban que algún trámite avanzara un turno para ser atendido en un hospital público, aparece este video; y el problema se agrava porque la imagen llega en momentos en que esa dependencia pública arrastra cuestionamientos –compartidos por varios colegas también– mucho más profundos que los de un intento fallido de coreografía. A veces creemos que el daño en una institución empieza con los grandes escándalos; en realidad comienza con la normalización de pequeñas conductas que transmiten el mensaje equivocado. Quizá en unos días nadie recuerde el video, porque Internet siempre encuentra un nuevo escándalo.

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