Brujos, beatos y biempensantes
Moda, religión e ideología, en política, son simbolismos que la ciudadanía debe examinar para entrever las creencias y acciones de quienes buscan representarnos

Hoy está de moda vestirse de blanco. Fiestas blancas en un ‘rooftop’ para ver el ‘sunset’. Camisas de lino blanco para los bautizos en la ciudad y los matrimonio fuera de ella.
Hoy está de moda vestirse de blanco. Fiestas blancas de blanquitos en un ‘rooftop’ para ver el ‘sunset’. Camisas de lino blanco para los bautizos en la ciudad y los matrimonio fuera de ella. Cuando Jaime Nebot convocaba una manifestación, las mamitas llevaban a sus críos en gajo a marchar en la vanguardia, todos de blanco. Para algunos, en cambio, el blanco de las guayaberas nunca pasó de moda. Nada de eso es noticia, por supuesto. Pero cuando vemos a un presidente saliente o a una exalcaldesa (¿retornante?) vestidos todos de blanco, y algunos especulan que su vestimenta involucra algún ritual esotérico, el tema se torna interesante.
Los políticos están en su derecho de creer en lo que quieran y, aquí, gracias al Cielo, no hemos caído presa de la neurosis francesa de querer catalogar toda declaración de fe como una violación de la separación de la Iglesia y el Estado. Sin embargo, es un asunto de interés público el conocer cuáles creencias informan la ideología de los políticos y por ende qué valores influenciarían su toma de decisiones.
Eso debe aplicar también a quienes llevan una cruz en el pecho o se cubren con un velo, por más normales que esas expresiones de fe nos puedan parecer. Y aunque les resulte impropio de su elevado estatus autopercibido de gente moderna, estudiada y viajada, también habría que hacer pasar por ese examen a los incrédulos, esos nuevos biempensantes que aunque no profesan religión alguna, bien que suelen tener prejuicios contra las creencias ajenas.
La importancia de interpelar a los políticos
El punto de interpelar de esta forma a los políticos no es el de fomentar la creación de una inquisición ni la de alimentar el morbo de la gente, que en vez de tratar de visitar las azoteas psíquicas de sus políticos muchas veces buscan invadir las de sus casas. Lo que se debería intentar simplemente es interpelar mejor a nuestros aspirantes a representantes, para luego no toparnos con sorpresas. Además, acogerse al silencio sigue siendo una respuesta válida. Cada quién sabrá cómo calificar esa respuesta en blanco.
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Al final, no importa cómo se viste, sino lo que las acciones desnudan: almas desteñidas, sepulcros blanqueados y hasta los tonos colorados del Iscariote.