Todos prometen, nadie responde
Quizá la verdadera tragedia del Ecuador no está en los políticos que nos gobiernan sino en que los ciudadanos hemos normalizado la mediocridad

La política ecuatoriana se transformó en un concurso de imagen. Se normalizó elegir candidatos por popularidad, por presencia en redes o por el ‘outfit’ utilizado.
La democracia dejó de ser un ejercicio ciudadano para convertirse en una puesta en escena. Y quizá por eso nunca he logrado tenerle demasiada fe a la política, peor aún en este país. Aquí no se respeta la democracia, se la usa.
Por eso ya nadie se sorprende cuando aparece otro escándalo de corrupción o cuando descubrimos que quien prometía ‘salvar al país’ terminó haciendo exactamente lo mismo que criticaba. ¿Cómo esperar algo distinto si jamás hemos tenido un verdadero ejemplo de servicio por amor a la patria?
La política se ha convertido en un espectáculo
La política ecuatoriana se transformó en un concurso de imagen. Importa más el ‘jingle’ pegajoso que un plan de trabajo; más una frase vacía repetida hasta el cansancio que una propuesta seria. Se normalizó elegir candidatos por popularidad, por presencia en redes o por el ‘outfit’ utilizado en una rendición de cuentas.
Y dentro de ese espectáculo también se deformó el discurso sobre la representación femenina. Nos hicieron creer que por el simple hecho de ser mujer, todas las mujeres debían votar por ti. Como si el género reemplazara la preparación, la capacidad o la integridad.
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Prometer transformar el sistema de salud sin poder responder preguntas básicas de la ciudadanía ya ni siquiera genera indignación. Es parte del paisaje político nacional. Porque aquí aprendimos a tolerarlo todo: títulos comprados, discursos reciclados, alianzas incoherentes y políticos que convierten la religión en un mecanismo para lavar culpas públicas.
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Y entonces surge la pregunta: ¿qué les estamos enseñando a nuestros hijos? Que el esfuerzo no es necesario si tienes contactos. Que mentir es válido mientras conserves el poder. Que toda crítica puede descartarse diciendo que ‘viene del partido contrario’, evitando así cualquier ejercicio de autocrítica.
La ciudadanía quedó relegada al último lugar, esa misma ciudadanía a la que le prometieron prosperidad, seguridad y desarrollo, mientras algunos convertían el poder en un negocio personal. Y quizá ahí está la verdadera tragedia del Ecuador: no en los políticos que nos gobiernan, sino en la normalización colectiva de la mediocridad.