La tragedia
A 65 años de la tragedia en Guayllabamba, la historia de una madre y sus seis hijos muestra cómo el amor y la unidad familiar pueden vencer el dolor y el duelo

El antiguo Land Rover se precipitó a la quebrada del río Guayllabamba. Pilar Franco quedó a cargo de seis hijos: Pilar, María Victoria, María Rosa, Xavier, Milagros -mi madre- y José Luis.
En 1961, mi abuelo Arturo Ribadeneira García terminaba de llenar el maletero de su jeep, junto a sus dos hijos mayores, Arturo y Manolo. Mi abuela, Pilar Franco, vio el vehículo perderse entre la espesa nube de polvo del camino entre la hacienda La Victoria y el pueblo de San José de Minas. Mi abuelo y sus hijos adolescentes partieron con rumbo a la capital, nunca llegaron. El antiguo Land Rover se precipitó a la quebrada del río Guayllabamba. Pilar Franco quedó a cargo de seis hijos: Pilar, María Victoria, María Rosa, Xavier, Milagros -mi madre- y José Luis.
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Flor Layedra Torres
Hace unos días, junto a 28 miembros de mi familia, volví a la hacienda La Victoria, cuya casa principal fue construida por mi bisabuelo, Teodomiro Ribadeneira. Nos recibió la familia Merino, actual propietaria, con familiar hospitalidad. He escuchado la historia de la tragedia desde que tengo memoria, en boca de mi abuela, de mi madre, de mis tíos y parientes. Pero el relato empezó realmente a conmocionarme cuando enfrenté la pérdida de mi madre y la oscuridad y desamparo que nos abraza cuando mamá, ya no es más.
Una biografía se escribe antes del nacimiento
Fue durante ese proceso que una serie de mensajes llegaron a mí como susurro: “las respuestas están en la historia de la abuela”. A sus 36 años, Pilar perdió a su esposo y sus dos hijos mayores. No hubo tiempo para duelos. Aferrada a una fe profunda en Dios, se dio siempre los modos para salir adelante con seis hijos. Volvió a su natal Manta y la familia creció como una unidad: sentido de amor, solidaridad, buen humor y fortaleza. En la tormenta y en la calma, la familia permaneció y permanece unida, encarnando el legado de la abuela. Desde hace algún tiempo describo ese legado como una cascada de luz: somos herederos de seres de mar y montaña, unidos por una historia común, fortalecidos por la tragedia. No somos individuos solitarios, sino el vehículo del amor y la sabiduría de quienes nos antecedieron, que alimenta de amor y sabiduría a nuestros hijos.
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Una biografía se escribe antes del nacimiento. La tragedia, que un día provocó incertidumbre y dolor, fue moldeada por el tiempo. Muchos me conocen por ser Vera. Lo soy, pero vengo también de Teodomiro, de Arturo, de Pilar, de Milagros. La cascada de luz, mi madre, mi abuela. Soy también Ribadeneira Franco. Se lo explicaba a mis hijos mientras respirábamos el frío y contemplábamos el paisaje en La Victoria.