Inmaterialidad
Hablamos constantemente de humanidad, derechos y sensibilidad, pero cada vez entendemos menos cómo viven realmente las otras personas; nos desconectamos

Hoy, la mayoría de las personas no sabemos cómo se cultiva lo que comemos, cómo se genera la energía que usamos o cómo funcionan las cadenas que sostienen nuestra vida diaria.
Toda civilización descansa sobre una ilusión: hacernos creer que ya no dependemos de la naturaleza ni de los demás.
Al inicio, sobrevivíamos mirando el entorno. El peligro era visible. El hambre era visible. La muerte era visible. Luego apareció el pensamiento simbólico. Incluso los primates entienden esto. El vigía de una manada emite sonidos distintos si el peligro viene desde el suelo, desde los árboles o desde el aire. El grupo reacciona no porque todos hayan visto el peligro, sino porque confían en un símbolo compartido. Nuestra civilización se construyó así.
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Pero la modernidad llevó ese proceso mucho más lejos. Fuimos acumulando tecnologías, sistemas y comodidades que nos alejaron de la experiencia directa de la supervivencia. Hoy, la mayoría de las personas no sabemos cómo se cultiva lo que comemos, cómo se genera la energía que usamos o cómo funcionan las cadenas que sostienen nuestra vida diaria. Obviamente hay personas que sí lo saben -y gracias a ellas vivimos-, pero precisamente ese es el punto: dependemos completamente de gente que no conocemos y de procesos que no entendemos.
La falsa ilusión de la independencia
Y cuando dejamos de entender aquello que nos sostiene, también dejamos de sentirnos conectados con los demás.
La empatía nace más fácil cuando entendemos la fragilidad compartida. Cuando sabemos que el otro trabaja, produce, carga, siembra, transporta o sostiene algo indispensable para nuestra propia vida. Pero una sociedad demasiado alejada de su realidad material empieza a creer que todo simplemente ‘aparece’. La comida aparece. La electricidad aparece. El orden aparece. Y si todo aparece, entonces el otro también se vuelve invisible.
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Quizá por eso vivimos una época tan extraña: hablamos constantemente de humanidad, derechos y sensibilidad, pero cada vez entendemos menos cómo viven realmente las otras personas. Perdimos cercanía con el esfuerzo ajeno, con la dependencia mutua y con los límites básicos de la existencia.
Tal vez el problema no sea la tecnología ni la modernidad. Tal vez el problema sea olvidar que seguimos sobreviviendo unos gracias a otros.