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Diario Expreso Ecuador

MuNa y la identidad esquiva

La polémica sobre el proyecto del Museo Nacional (MuNa) evidencia la falta de respeto a los procesos y el dilema de la identidad en Ecuador

Quito ha maltratado su legado y no ha cultivado la estética como valor, y haría un mal cuadro si no lo salvaran su geografía caprichosa y el marco de sus volcanes.

Quito ha maltratado su legado y no ha cultivado la estética como valor, y haría un mal cuadro si no lo salvaran su geografía caprichosa y el marco de sus volcanes.Archivo Expreso

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Leía, pura casualidad, “Ecuador: señas particulares”, la obra de Jorge Enrique Adoum que intenta desentrañar la esquiva identidad vernácula, cuando se convertía en el escándalo de la semana el anteproyecto de museo nacional (MuNa), que muchos encuentran ajeno a esa identidad que nadie logra definir. A Quito hay que sobrevolarlo con los ojos entornados para filtrar su fealdad arquitectónica y rescatar, más por percepción idílica que por observación objetiva, la belleza de su patrimonio histórico al sur de la Av. Patria y de los esporádicos oasis modernistas al norte de ella. La ciudad española en el Ande, como cantaba su himno en épocas menos descastadas, ha maltratado su legado y no ha cultivado la estética como valor, y haría un mal cuadro si no lo salvaran su geografía caprichosa y el marco de sus volcanes. En cuanto a identidad, Quito parece haberse empecinado en no tener ninguna.

Lo que el caso del MuNa revela sobre el Ecuador

Sin embargo, hay un rasgo cultural que no falla: el capricho que se impone sobre las normas; decisiones -incluso aquellas de jurados con suficientes credenciales- que se desconocen a último minuto según el termómetro político o el interés oculto; la improvisación con que se altera un proceso estructurado. Hace poco admitía un ministro que las empresas serias no quieren venderle al Ecuador. ¡Vaya novedad! Y todavía nos extraña que al país se lo vea con recelo, peso mosca, irrelevante, lo mismo en el fútbol, en el mercado o en la cultura, cuando se hace gala de inconsistencia y manipulación tercermundista de las reglas de juego. Y no solo es un vicio del poder, porque cualquier iniciativa que se somete a la parroquia queda sepultada bajo el ruido de la polémica mezquina y la idiosincrasia del palo ensebado: quien solo mira y critica -generalmente sin saber de lo que habla- hace todo lo posible porque fracase quien protagoniza.

¿Para qué carajo se organizó un proceso -uno sin atajos, bien concebido, con estudios sólidos- si no había compromiso de respetar el veredicto de los expertos a quienes se encargó elegir el anteproyecto ganador? Como resultado, el proyecto ha sido privado del talento serio que lo impulsaba, ha ahuyentado a las firmas de arquitectura que no quieren prestarse a la pantomima ulterior y ha manchado la respetabilidad que debe acompañar cualquier proceso, no se diga uno tan crítico para la construcción de esa identidad que, por lo pronto, nos sigue evadiendo.

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