Remar hacia el mismo lado
La hazaña de Cabo Verde y la barra de Noruega deben ser el espejo donde Ecuador se mire para que quien gobierna lidere la creación de identidad y pertenencia

La barra de Noruega rema en conjunto, como si todos empujaran el mismo barco. Un gesto simple que se vuelve símbolo y dice ‘pertenecemos a algo y avanzamos juntos’.
El Mundial siguió sin nosotros. Ecuador quedó fuera de la cancha, pero no de la pregunta que queda cuando se apaga la emoción del partido; ¿qué nos une cuando ya no hay camiseta que ponernos? En mi artículo anterior escribí sobre esa tregua breve que produce el fútbol, sobre la posibilidad de reconocernos, aunque sea por noventa minutos, en una ilusión común.
Los ejemplos de Cabo Verde y Noruega
Esta vez quisiera mirar hacia Cabo Verde, un país africano de diez islas volcánicas, frente a África occidental, con poco más de quinientos mil habitantes. Menos que muchas ciudades latinoamericanas. Llegó por primera vez a un Mundial, empató con España y Uruguay, clasificó a la fase eliminatoria y llevó a Argentina hasta el límite.
No ganó el Mundial, pero logró el respeto del mundo y que su gente se reconociera en una historia compartida. El pequeño país se vio a sí mismo capaz, digno y visible.
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En el centro estuvo Vozinha, arquero de cuarenta años, criado por sus abuelos, que trabajó como electricista antes de consolidarse como profesional. Firmó su primer contrato a los veintiséis años y la CAF lo destacó como héroe después de siete atajadas contra España. Su historia importa porque no responde al éxito temprano. Llegó tarde, resistió mucho y terminó sosteniendo, en sus guantes, no sólo la protección del arco, sino la ilusión de un país entero.
Cabo Verde volvió a casa sin trofeo, pero con una identidad fortalecida. Algo parecido ocurre con la barra de Noruega, que rema en conjunto como si todos empujaran el mismo barco. Un gesto simple que se vuelve símbolo y dice ‘pertenecemos a algo y avanzamos juntos’.
Ecuador debe cultivar el orgullo compartido
Ecuador necesita recuperar esa posibilidad. Nos sobra crisis, queja y resignación; nos falta relato común. No uno que maquille la realidad, sino que nos devuelva orgullo compartido.
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Gobernar un país no es solo administrar. También es convocar. La pertenencia no se decreta pero sí se cultiva en los símbolos que elegimos, en las historias que nos contamos y en la dignidad con la que decidimos representarnos. Por eso haría falta menos comunicación oficial y más construcción de identidad y pertenencia. Que alguien nos recuerde que Ecuador es más que sus miedos; que también somos dignidad, solidaridad y trabajo. Que todavía podemos remar hacia el mismo lado.