El Ecuador que se resiste a caer
Ecuador enfrenta crisis simultáneas por crimen organizado, corrupción e impunidad, pero la resiliencia ciudadana exige un país donde impere la ley

La salud también se ha convertido en negocio de mafias que se lucran con hospitales y dispensarios, mediante compras de medicinas próximas a caducar.
Hay países que enfrentan una crisis. Ecuador enfrenta muchas al mismo tiempo. Está sitiado por grupos criminales que han convertido barrios enteros en territorios del miedo, donde comerciantes y vecinos pagan extorsiones para poder trabajar, vivir y sobrevivir. Está amenazado por narcotraficantes que contaminan contenedores con cocaína y han convertido nuestros puertos en piezas de sus descomunales negocios ilegales.
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Pero el peligro no viene solamente de las calles. También se esconde detrás de escritorios y oficinas públicas, donde operan delincuentes de cuello blanco que se llenan los bolsillos con el dolor del pueblo. Está en la corrupción que infla contratos, cobra coimas y convierte los recursos del Estado en botín de unos pocos. Está en quienes utilizan la función pública para pagar favores políticos, repartir empleos o hacer negocios a costa de ciudadanos que pagan impuestos, pero reciben poco o nada de un Estado obeso e ineficiente.
Una ciudadanía que resiste, pese al caos
Y está, quizá, una de las amenazas más graves: una justicia que sigue perdiendo independencia porque cada vez más jueces responden a intereses políticos, económicos o criminales; donde la cárcel puede convertirse en instrumento de persecución y la impunidad en recompensa para quienes tienen poder y recursos suficientes para seguir caminando libremente por las calles, aunque hayan sido procesados o sentenciados.
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La salud también se ha convertido en negocio de mafias que se lucran con hospitales y dispensarios, mediante compras de medicinas próximas a caducar, poniendo en riesgo a quienes confían en el Estado para proteger sus vidas. Se prefiere comprar equipos nuevos, por los beneficios que generan los sobreprecios, en lugar de reparar cientos de equipos que apenas presentan desperfectos.
Y, sin embargo, Ecuador resiste. Resiste porque millones de ciudadanos siguen trabajando, emprendiendo, cuidando a sus familias y negándose a aceptar que el miedo, la corrupción y la impunidad sean su destino. Esa es nuestra verdadera resiliencia: no acostumbrarnos al desastre. No rendirnos. Y exigir, una y otra vez, un país donde la ley esté por encima del poder.