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Diario Expreso Ecuador

Yo solo sé que nada sé

El método socrático y la filosofía de la antigua Grecia siguen siendo la clave para cuestionar certezas en el presente en la cultura occidental

De Esparta hasta Atenas, de Sócrates a Aristóteles y de Alejandro a Roma, se fue formando buena parte de la tradición intelectual desde donde Occidente construiría su civilización.

De Esparta hasta Atenas, de Sócrates a Aristóteles y de Alejandro a Roma, se fue formando buena parte de la tradición intelectual desde donde Occidente construiría su civilización.Canva

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Sócrates fue un filósofo ateniense que, hace veinticinco siglos, recorrería las calles de su ciudad conversando con ciudadanos, artesanos, políticos y jóvenes. No para impartirles lecciones, sino para hacerles preguntas. Quería descubrir qué era la verdad, la virtud o, en definitiva, qué era una vida buena. No escribiría un solo libro; su legado fue el método de cuestionar nuestras certezas más arraigadas. Tal vez por eso cuando se hablaba de su sabiduría se le atribuiría una de las frases más célebres de la historia: “Yo solo sé que nada sé”. No como apología de la ignorancia, sino como reconocimiento de nuestras propias limitaciones.

Hoy, caminando por esas mismas calles, frente a la Acrópolis y las ruinas del Ágora, resulta difícil no extasiarse al pensar cuánto de nuestro mundo empezó aquí. Grecia no solo inventó la democracia, la filosofía, el teatro o la belleza. Puso algunos de los grandes cimientos intelectuales de aquello que hoy llamamos civilización occidental. Aquí comenzó a tomar forma el debate, la búsqueda de la verdad y la idea de que el individuo puede cuestionar al poder y a sus propias certezas.

Sócrates, Platón y Aristóteles

Mientras en Esparta se educaba al ciudadano para obedecer, disciplinarse y servir a la polis, en Atenas se ofrecía una alternativa más intelectual y filosófica: la participación, la deliberación y el ejercicio de la razón. Bajo Pericles, el ciudadano adquirió un papel central en la vida pública. La democracia ateniense estaría lejos de ser perfecta -no existe la perfección en este mundo-, pero introduciría una idea para entonces revolucionaria: el poder podía legitimarse en los ciudadanos y no solamente en las castas o la fuerza.

Sócrates, en el Ágora, sembraría esas ideas en los individuos. Su método consistía en preguntar hasta encontrar las contradicciones en nuestras propias certezas. Platón, su discípulo, preservaría su pensamiento y lo continuaría planteando una cuestión que sigue incomodando: ¿puede equivocarse la mayoría? Su reflexión nos recuerda que democracia y libertad no son sinónimos. La mayoría podrá gobernar, pero existen derechos individuales inalienables que no deberían depender de una mayoría.

Aristóteles amplió todavía más el horizonte. Estudió la ética, la política, la lógica, la naturaleza y las formas de organización de la sociedad. Con él, Occidente aprendió no solamente a pensar, sino a observar, razonar y buscar explicaciones. Y mientras los filósofos construían las ideas, Alejandro Magno las llevaría mucho más allá de las fronteras de Grecia. Discípulo de Aristóteles, extendió la lengua y cultura helénicas desde Egipto hasta Asia.

El legado de Grecia

Después Roma conquistaría Grecia con sus legiones, pero Grecia terminaría conquistando a Roma con sus ideas. Horacio lo resumiría siglos después: ‘Graecia capta ferum victorem cepit’: “Grecia, conquistada, conquistó a su feroz vencedor”.

Así, desde Esparta hasta Atenas, de Sócrates a Aristóteles y de Alejandro a Roma, se fue formando buena parte de la tradición intelectual desde donde Occidente construiría su civilización.

Quizás esa sea la verdadera grandeza de Grecia. No habernos dado todas las respuestas, sino habernos enseñado que ninguna sociedad ni ningún individuo debería tener miedo de las preguntas. Y quizás su mayor legado sea precisamente ese; que, veinticinco siglos después, todavía sigamos preguntando.

¡Hasta la próxima!

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