Roberto Aguilar | El momento de la autocracia
Si Correa destrozó al periodismo convirtiéndolo en un oficio ilegítimo, Noboa lo destruyó tasándolo
El noboísmo es la última lección del correísmo.
Diez años de resistencia al proyecto chavista, fidelista, profundamente antidemocrático de Rafael Correa, que arrasó con la independencia de funciones y persiguió toda disidencia, nos proporcionaron la ilusión -maravillosa mientras duró- de que había gente (grupos, partidos, movimientos, organizaciones…) que no tenía nada que ver con nosotros pero con la que podíamos contar de todos modos. Resistir crea lazos, promueve insospechadas solidaridades… Cynthia Viteri y Lourdes Tibán compartían trinchera en la Asamblea; la clase media quiteña y el movimiento indígena cerraban filas en El Arbolilto; la derecha y la izquierda anticorreísta abrazaban una misma causa y todos apoyaban al verdadero periodismo independiente que sobrevivía a los tumbos a los embates y persecuciones del poder… La democracia era una identidad que pasaba por encima de todas las diferencias.
El primer baño de realidad vino en octubre de 2019. Durante aquellas jornadas de inusitada violencia que se produjeron con ocasión del intento de golpe de Estado contra Lenín Moreno (la historia se repetiría en junio de 2022 contra Guillermo Lasso), nos desayunamos los ecuatorianos, con una mezcla de espanto y frustración, que no había en el país una izquierda con vocación democrática. Que diez años de resistencia al correísmo no habían bastado para remozarla: siempre estaría dispuesta a embarcarse hasta en el más peregrino de los proyectos autoritarios que le pusieran por delante (el comunismo indoamericano de Leonidas Iza, por ejemplo), con el proyecto de echar abajo la democracia burguesa desde dentro con tal de que sus cuadros no quedaran fuera a la hora de la repartición de cargos. Porque de eso se trataba todo. Su resistencia anticorreísta no tenía nada que ver con la defensa de la democracia, en la que no creen.
Este segundo año de presidencia de Daniel Noboa (si es que no ya el primero) ha sido portador de un idéntico desengaño. Especialmente en lo que respecta al periodismo. Tarde nos venimos a enterar de que tantísimas firmas, rostros de pantalla con décadas de autopromocionada independencia, empresas mediáticas que resistieron al correísmo… Nomás estaban esperando que llegara el autoritarismo de su signo que acertara con su precio. Si Correa destrozó al periodismo convirtiéndolo en un oficio ilegítimo, Noboa lo destruyó tasándolo. El resultado es abrumadoramente peor: durante el correísmo, el periodismo resistía al poder. Ahora, en su gran mayoría, ha sido comprado por él.
El panorama es desalentador: tras el aprendizaje de los últimos 15 años (por redondear y por asumir la tesis orteguiana de que ese período de tiempo constituye una unidad histórica en el paso de las generaciones) hemos de llegar a la conclusión de que los ecuatorianos no podemos contar unos con otros, como habíamos creído ilusamente durante los años de resistencia al correísmo. Y esa tragedia, para seguir con Ortega, es el principio de la disolución de una nación. Hay empresarios, por ejemplo, que creen que su sobrevivencia no tiene nada que ver con la sobrevivencia del periodismo: no entienden nada. Cuando contar con el prójimo se vuelve imposible, no hay concepto de conciudadanía que nos calce. Ese es el momento de las autocracias.