Ivan Baquerizo | La tiranía de la igualdad
Porque hay una verdad incómoda: la libertad y la igualdad de resultados no solo se contraponen, sino que son incompatibles
En 1789, en los albores de la Revolución Francesa, la consigna era tan esperanzadora como ambigua: libertad, igualdad, fraternidad. Tres ideales aparentemente nobles, pero en la práctica incompatibles. La historia demostraría que, en nombre de la igualdad -o de aquella falacia llamada justicia social-, se cometerían algunos de los mayores atropellos contra la libertad.
Hoy la disyuntiva persiste bajo una apariencia moral incuestionable: ¿debemos elegir entre la libertad y la justicia social? La pregunta parece obligarnos a tomar partido. Pero aquello es un sofisma.
El problema no es escoger entre libertad y justicia social, sino definir qué entendemos por ese artificio.
Para la tradición liberal clásica, representada por Friedrich Hayek, la llamada justicia social no es un resultado, sino un marco de reglas generales, abstractas y aplicables a todos por igual. Una sociedad es justa cuando respeta normas imparciales, aunque los resultados sean distintos. Es lo que conocemos como igualdad de oportunidades.
En el pensamiento contemporáneo, influido por John Rawls, la justicia social se redefine como un resultado. Ya no basta con tener iguales reglas para todos, importa que los resultados sean equitativos. La desigualdad deja de ser consecuencia natural de la libertad para convertirse en injusticia que debe corregirse. Y así el Leviatán tiene toda la justificación moral para intervenir, redistribuir, regular y supuestamente corregir. Si la justicia social consiste en garantizar resultados, la libertad deja de ser un marco dentro del cual se premia el esfuerzo y pasa a ser un obstáculo filosófico.
La paradoja es evidente: mientras más se persigue una justicia social perfecta, más poder -y por tanto más represión- se requiere. Y ese poder, lejos de ser imparcial, decide qué es lo justo para cada uno. La utópica justicia social deja de ser un interés loable y se convierte en excusa para el abuso y la confiscación.
En esta línea, Axel Kaiser advierte sobre la “tiranía de la igualdad”; cuando la igualdad se eleva a valor supremo, esta termina inexorablemente justificando la coerción. Porque hay una verdad incómoda: la libertad y la igualdad de resultados no solo se contraponen, sino que son incompatibles.
Una sociedad de individuos libres necesariamente produce diferencias. Las personas eligen distinto, se esfuerzan distinto, arriesgan distinto. Y esas decisiones generan resultados distintos. Pretender igualdad en ese contexto implica necesariamente limitar las libertades que producen esa diversidad.
No es justo que el esfuerzo no se reconozca. No es justo que el mérito se diluya. No es justo igualar por decreto lo que es distinto por naturaleza. Igualdad ante la ley, y nunca a través de la ley.
La libertad no promete resultados iguales, pero sí algo más esencial: elegir, construir y asumir consecuencias. Sin libertad no hay responsabilidad y sin responsabilidad, la justicia pierde sentido. Porque como bien sentenciaba Axel Kaiser, el problema no es de desigualdad sino de falta de creación de riqueza. Y eso solo se arregla con economía libre y creación de riqueza, y no con su distribución y confiscación masiva.
¡Hasta la próxima!