Viviendo en decadencia

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Viviendo en decadencia

...buscan la reelección y prometen lo que ya habían jurado cumplir antes de haber llegado al poder por primera vez, y que nunca cumplieron’.

Guayaquil de mis amores ha quedado en la historia. Hemos dejado de ser la ciudad de Las Peñas, de los cangrejos y el pasillo. Ya no somos ese lugar agradable para visitar ante los ojos del mundo. Vivir en el Puerto Principal se ha convertido en una especie de castigo divino, una historia de terror que parece nunca acabar.

Lo que está sucediendo no tiene nombre ni precedentes. La violencia, las muertes por sicariato y la inseguridad desmedida se han convertido en nuestro diario vivir. Hemos tocado fondo como sociedad. Los pobres matan a los pobres, se meten con nuestros niños y nos están quitando la poca tranquilidad que nos queda. Ya no existen lugares seguros, sobrevivimos más que vivir.

Nuestro dolor colectivo parece no quitarle el sueño a quienes nos gobiernan. Con los suyos no se han metido y de ese discurso rimbombante y repetitivo donde le declaran la guerra a la delincuencia organizada no pasan. Se llenan la boca diciendo que los índices de violencia han bajado, que se han desarticulado bandas delictivas y que vivimos en el Ecuador que soñamos. Gobiernos locales, Gobierno nacional, todos se pintan de héroes de la patria.

A pocos meses de las elecciones seccionales escuchamos a ciertos alcaldes que buscan la reelección y prometen lo que ya habían jurado cumplir antes de haber llegado al poder por primera vez, y que nunca cumplieron; como si no tuviésemos memoria pretenden nuevamente pintarse de salvadores.

Los gobiernos soberanos dejaron de existir porque llegar al poder hoy en día no significa otra cosa que ganancias para “los de arriba” y carencia para “los de abajo”. Llevamos años de decepción y decadencia. Los nuevos ricos se forman a expensas de nuestros impuestos, de nuestro sudor; se llenan los bolsillos en nuestras caras pero nada podemos hacer mientras están en el poder porque la justicia los ampara, y cuando se termina su mandato huyen del país, se hacen llamar perseguidos políticos y no hacen otra cosa que criticar a los gobiernos de turno (como si ellos no hubiesen hecho lo mismo). Echan laureles a sus gestiones, que dieron más beneficios a sus cuentas bancarias que a la patria misma.

¡Los salvadores no existen!