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Abelardo García | Adolescentes maduros

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Dejemos que el ser humano decida, sí, pero cuando tenga en sus manos todas las posibilidades y capacidades para no errar

Sin siquiera entrar en asuntos morales o religiosos, y solo desde la pedagogía y la psicología, queremos revisar la conceptualización de los términos que nominan esta columna. A nuestro entender, adolescencia y madurez no van de la mano, aunque el uso coloquial del término ‘maduro’ en ocasiones confunda.

Según la RAE, adolescente significa “Que está en la adolescencia”: joven, muchacho, chico, púber, etc. Pero, según la página web Clínica de la Familia, la adolescencia es “la etapa de transición crítica entre la infancia y la edad adulta”. Como bien puede colegirse, la adolescencia es un momento evolutivo: una etapa de transición que arranca desde la pubertad y culmina en la edad adulta; un puente entre dos momentos del crecimiento de la persona humana. Es una etapa de búsqueda y de definiciones que caracterizarán más adelante al individuo, quien en ese momento no es aún un producto culminado.

Madurez, según la RAE, es el periodo de la vida en que se ha alcanzado la plenitud vital y aun no se ha llegado a la vejez; según la citada página: Buen juicio o prudencia, sensatez. Aquí sí hablamos de un momento culminante, de un haber alcanzado y logrado metas, como el desarrollo -si no total, al menos significativo- de las capacidades personales. Hablamos de una llegada, de un punto definido y claro.

Los términos no se contraponen, más bien se suman; se requieren como escalón para alcanzar esa etapa de desarrollo humano para la cual nos preparamos y formamos. Obviamente, no son sinónimos ni deben utilizarse con ligereza. En el lenguaje coloquial se habla a veces de ‘niño maduro’ o ‘púber maduro’, lo que puede generar confusión en los legos. En esos casos, lo que se quiere expresar es que el niño o el púber cumplen su desarrollo evolutivo acorde con su edad cronológica y con lo esperado en su progreso normal; pero esto no supone que hayan alcanzado una madurez total, real y definitiva.

No juguemos con los términos. Dejemos que el ser humano decida, sí, pero cuando tenga en sus manos todas las posibilidades y capacidades para no errar o arrepentirse de su voluntaria decisión.