Cartas de lectores | ¿Estamos salados?
Duele con dolor grave y con un diagnóstico metastásico la salud pública, pero indigna más lo que hacen con el IESS
Hay quienes dicen que los ecuatorianos “estamos salados”, como si nuestra desgracia fuera un asunto del destino. Pero tras más de 50 años recibiendo la misma dosis de ineficacia, uno entiende que no es cuestión de azar, sino de un abuso sistemático. Y esto es, vez tras vez. ¿O que nos están tomando el pelo? Sería grave que nos vean la cara de perejil. Tantas promesas que se oxidan antes de cumplirse.
Duele con dolor grave y con un diagnóstico metastásico la salud pública, pero indigna más lo que hacen con el IESS. Esa plata que no es del gobierno de turno, sino del sudor y el esfuerzo de cada afiliado que mes a mes cumple con su aporte. Y sin embargo, el electo de turno siempre termina metiéndole la mano a la caja ajena para tapar sus propios huecos fiscales. Es un asalto a plena luz del día: mientras el dueño del dinero llega al hospital y se encuentra con que no hay ni una gasa ni una cita a tiempo, y esto es de todos los días. El familiar o el paciente corre a comprar el medicamento que hace falta para que el afiliado sea atendido. Y el Estado sigue engrosando cada día una deuda histórica que parece no tener intención de pagar.
Y de paso o para rematar, la inseguridad. Vivimos con el Credo en la boca, mientras los discursos de ‘mano dura’ se quedan en el papel. No es que tengamos mala suerte, es que nos han administrado la miseria con una maestría cínica. La paciencia de este pueblo no es eterna, y esta supuesta ‘saladez’ no es más que el resultado de décadas de dejadez y de gobernantes que se han feriado nuestra tranquilidad.
¿Qué se puede hacer? ¿Será que el electo o los asambleístas puedan acompañar en esta tragedia a los ciudadanos que nos encontramos es esta defección?
Parece simple esto, pero la realidad se palpa adentro de los hospitales: se acabó y si es que alguna vez hubo eso que llaman calidez... Y lo otro, en las calles, carreteras y caminos: ‘arriba las manos’. ¿Será que de verdad estamos salados?
Guillermo Martínez Tubay