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Diario Expreso Ecuador

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Otra via para el conflicto de Israel y Palestina

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Desde el siglo pasado, el mundo se ha envuelto en una serie de guerras que solo trajeron como consecuencia la muerte de millones de personas y la destrucción de países enteros. Si analizamos las razones de disputa entre beligerantes, nos vamos a dar cuenta de que no era necesario un enfrentamiento militar para arreglar sus controversias. Después de pagar las consecuencias y tratando de razonar un poco los gobernantes, terminada la I Guerra Mundial crearon, para evitar futuras guerras, la Sociedad de las Naciones, la misma que fracasó, ya que sus fundadores fueron los primeros en violar sus estatutos.

En la II Guerra Mundial, las ambiciones de Hitler, las persecuciones raciales, el ejemplo de los resultados de la primera, no fueron tomados en cuenta e igualmente murieron millones y muchos pueblos desaparecieron.

Lo que ha sucedido después. De allí en adelante, una gran cantidad de guerras en diversas regiones del mundo (insistimos, sin mayores motivos) han terminado con resultados similares. En el fondo, si las analizamos no hay vencedores, ni vencidos. Los resultados son: muertes, desolación, hambre.

Las Naciones Unidas, ideadas por Roosevelt y Churchill, trataron de corregir los errores que se cometieron en la formación de la Sociedad de las Naciones, pero sus resultados, al parecer, no han servido para los fines que motivaron su creación.

Como van las cosas, los problemas pueden empeorar para nuestra humanidad, porque por desgracia los países usarán armas letales de destrucción masiva. De todos modos, el problema de Siria parece que terminará pronto porque Bachar al Asad, con la ayuda de Rusia, casi acabará de exterminar el país que tiene que seguir gobernando. En el caso más candente de los enfrentamientos entre Estados Unidos y Corea del Norte, parece que podría arreglarse, luego de las Olimpiadas de Invierno llevadas a cabo en Corea del Sur.

Lo que nunca parece que va a acabar. Un problema al que se le ha buscado muchas soluciones y que pese a ello puede seguir para largo, es el existente entre Israel y Palestina. Desde 1947 cuando en la ONU se dispuso la división de estos dos pueblos, los árabes se opusieron y, pocos días después, se fueron desencadenando tres guerras.

Ni las declaraciones de la ONU, ni la intervención de mediadores o dirigentes que hasta obtuvieron el Premio Nobel de la Paz no sirvieron para nada. La declaración de Trump sobre el traslado de la Embajada de EE. UU. a Jerusalén ha empeorado la cosa. La mayoría de los Estados protestaron, pero no se pudo evitar la disposición del presidente estadounidense, que poco a poco seguirán otros países.

Nuestra propuesta de solución. Como estudiosos del Derecho Internacional, se nos ha ocurrido una posible solución. No estamos locos y las utopías en muchas ocasiones se hacen realidad. Israel y Palestina deben formar un solo Estado, con Jerusalén como capital. El Gobierno estaría formado por un grupo de siete miembros (tipo Suiza). Ellos serían elegidos democráticamente en forma separada por los grupos, razas, religiones, tendencias políticas, es decir por todos los conglomerados que habitan esos territorios. Se turnarían la presidencia cada año y los otros miembros elegidos, hasta que les toque el turno, conformarían el Gabinete.

Soñemos un poco: Tanto Israel como Palestina tienen elementos muy preparados, que por desgracia actualmente tienen que entregar buena parte de su tiempo para defenderse los unos de los otros.

Siendo un solo país, los gobernantes se dedicarían simplemente a gobernar. Se respetarían las religiones, las costumbres, se fomentaría el turismo y las tierras infértiles se convertirían en zonas de producción agrícola. Las fábricas de armas se transformarían en fábricas de arados y máquinas para hacer producir la tierra.

Los Estados árabes vecinos ya no tendrían razón para pensar en cómo desaparecer a Israel. Y como nada puede ser perfecto, con un poco de tiempo se irán corrigiendo errores o abusos.

Con los valiosos políticos y diplomáticos que tanto Israel como la Autoridad Palestina tienen, pueden irse perfeccionando las formas para dictar leyes que conviertan a este nuevo Estado en un modelo de democracia. Además servirá de ejemplo para que las naciones árabes vecinas también busquen sistemas de cooperación, en lugar de exterminarse entre ellas.

Parece algo imposible. Estamos conscientes de que la propuesta, a simple vista, puede ser una locura, pero si razonamos con detenimiento no vamos a encontrar otra forma para apaciguar esa región; y si la hay, en buena hora que se la proponga; pero no sigamos pendientes de un foco de permanentes disputas que únicamente dejan destrucción y muertes.

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