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La salud, el gran motor de la procesion

Algo más de tres horas y media duró la procesión. A las 07:00 partió desde la esquina de Lizardo García y la A, donde está el santuario Cristo del Consuelo. A eso de las 10:30 la imagen se acercó hasta el complejo de Cisne II, donde terminó.

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Aquello es un acto de fe multitudinario. Unos cuantos cubren esos dos kilómetros de caminata mañanera por un pedido determinado. Hubo quien se quedó sin trabajo y espera que se dé el milagro de encontrar una vacante; otros, por cumplir la promesa por algún favor recibido. Sin embargo, para una gran mayoría de los miles de fieles que formaron ese tapiz humano que se extendió a lo largo de casi 30 cuadras en el suroeste de la ciudad, lo que los movió fue el interés por la salud de un familiar o por la suya propia.

Ese es el caso de William Parra Yulán, de 67 años. De casa, en el barrio Garay, salió en medio de las sombras. Para llegar al lugar donde iba a cumplir aquella promesa por la salud de su pareja tuvo que tomar dos buses y caminar cerca de 10 cuadras. “Mi esposa tiene de todo. Esta vez, la procesión la cumplo por ella”, manifiesta este chofer jubilado.

A las siete en punto, la imagen del Cristo del Consuelo inició su larga caminata aupada por un grupo de colaboradores de la iglesia de las calles Lizardo García y la A. Un cordón de cerca de 40 policías impedía que los miles de devotos se acercaran hasta el altar móvil en donde se trasladaba al Cristo.

La multitud se movía a paso lento, mientras coreaba un padrenuestro o algún cántico religioso. Unos iban con las manos vacías, otros llevaban cirios encendidos o portando cuadros con la imagen del Jesús crucificado. La mayoría cumplía la romería sobre sus propios pies, pero estaban también los que se movilizaban en sillas de ruedas, o apoyándose en bastones y muletas.

Eso sucedió con Margarita Calle López, de 86 años, quien como tantas veces llegó a cumplir aquella rutina del Viernes Santo, aunque esta vez con el apoyo de su hija y de su yerno. “Hasta el año pasado caminó con un bastón. Esta vez lo hizo en una silla de ruedas”, dice Daniel Vélez, el yerno, quien tiene también un pedido. “Por más trabajo. En cuanto a la salud, creo que en un mes estaré más presentable”, comenta, mientras señala su pierna derecha, la cual muestra la estructura de acero que sostiene esa extremidad desde julio del año pasado, luego de sufrir un accidente de moto que le fracturó la tibia.

Pasos más adelante iba Manuel Gorotiza Díaz, de 61 años. Llevaba un crucifijo de casi un metro. “Para mí, esto es un acto de fe que debo cumplir todos los años”. Así ha ocurrido desde hace dos décadas, asegura, aunque esta vez pedía por la salud de uno de sus hijos. “Está en casa, recuperándose después de una operación de apendicitis”, cuenta.

Para cumplir con la procesión, como en el caso de Rosa Morales Suárez, de 61 años, solo basta la fe. Ella arribó esta semana desde Alicante (España), hacia donde viajó hace 18 años para dedicarse a recoger frutas en los campos rurales. “Soy devota del Cristo del Consuelo y esto se lo debía desde hace mucho tiempo”, expresa esta guayaquileña que ayer estuvo acompañada de Luis Medina y de su madre, María Cedeño, vecinos del sector donde Rosa Morales se crio, las calles 20 y Febres-Cordero.

Llegar a los 70 años con buena salud y mantenerse activo en el trabajo es un milagro que debe ser agradecido de manera permanente, dice Agustín Rodríguez Alarcón, un esmeraldeño que hasta el sector de Cisne II se hizo acompañar de su esposa y de una nieta. “Soy operador de equipo pesado. Antes fui marino mercante que viajaba desde Guayaquil hasta Puerto Bolívar (El Oro) y hasta Buenaventura (Colombia)”. Se declara un devoto permanente del Cristo del Consuelo. “Voy a su iglesia desde que el agua bordeaba el templo y se caminaba sobre puentes. Eran los días en los que los cojos dejaban sus muletas ahí tiradas y los cegatones olvidaban en el altar sus lentes”.

Alejandro Ponce Cedeño le debía un favor a la imagen. Su salud (dice que se agita mucho) le impidió cubrir todo el recorrido, pero ayer se trasladó en dos buses y caminó un buen tramo del sector aledaño al Cisne II, donde está el Cristo del Consuelo más grande del mundo, para llegar a la altura del puente de la calle A, esperarlo ahí y dedicarle a la distancia una oración. “No pido una mejor salud para mí, porque a una edad determinada todo nos afecta. Solo pido por mis hijos y por mis nietos”.

Por su parte, José Borbor Martínez, de 74 años, cumplió la procesión con un crucifijo de 50 centímetros y con un solo pedido de por medio: “Que me dé fuerzas hasta el 2020. Ese año mi licencia de conducir caduca. No quiero más”, dice este chofer de camiones.

En la ruta

La vigilancia: El ECU-911 de Samborondón ejecutó un seguimiento permanente del desarrollo de la romería. Continuamente visualizó el tránsito de los fieles por medio de las cámara ubicadas en determinadas esquinas. No se reportó incidentes.

Emergencias: Nueve entidades vinculadas con la seguridad y ayuda distribuyeron personal. En total, se desplegó un equipo de 1.200 colaboradores, de la Cruz Roja, Cuerpo de Bomberos, Defensa Civil, entre otras instituciones.

El recorrido: Algo más de tres horas y media duró la procesión. A las 07:00 partió desde la esquina de Lizardo García y la A, donde está el santuario Cristo del Consuelo. A eso de las 10:30 la imagen se acercó hasta el complejo de Cisne II, donde terminó.

Los negocios: Los comerciantes fueron los primeros que se ubicaron a lo largo de toda la ruta que siguió la imagen. Ocuparon veredas y parterres centrales. La venta de comida y de artículos religiosos fue la actividad que más espacio ocupó.

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