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Playas, un pueblo de pinceles
EXPRESO entrevistó a tres artistas que se refugiaron en General Villamil tras años en las grandes metrópolis. La paz y la generosidad de su gente los cautivó.

Hugo Lara: el pintor que se refugió en la bruma marina
En las paredes del taller del guayaquileño Hugo Lara, una treintena de lienzos reciben a los visitantes. Los cuadros muestran en vivo y en directo la evolución de su pintura, pero sobre todo de una temática en la que ha trabajado desde los años setenta; ‘El circo de la vida’.
El pintor proviene de una familia de artistas.
Dejó el Puerto Principal por Europa en la juventud y viajó y vivió en todas partes; Madrid, París y finalmente ‘cruzó el charco’ hasta Nueva York, donde se involucró con las artes gráficas.
“En esa época en Guayaquil había tres galerías, en Madrid 200. Quería estar en Europa, quería ver las obras de Van Gogh, de Modigliani, de cerca. Quería aprender cosas nuevas”.
‘El circo de la vida’, comenta, es la obra que justifica sus años de vida profesional. Esta nació en Madrid en 1973 como ‘Los esperpentos’, unos personajes de tipo circense que hacían una crítica a una sociedad decadente.
De ahí partió hacia los arlequines esperpénticos y finalmente evolucionó hacia la búsqueda del movimiento de los personajes, cuyas obras exhibe dentro y fuera de Ecuador y que dice, lo alegran.
“A diario se pintan tragedias, yo quería alegría, comicidad”.
Volvió al país por cansancio, comenta sonriendo. “Uno termina cansado de tanto viajar. Llegué a Playas a descansar”.
Playas, dice, le ha dado mucha felicidad. Vive ahí con su esposa y un ejército de mascotas. Pero está próximo a dejarlo por el cercano pueblo de Engabao.
“Hemos construido una casa ahí durante muchos años. Está en una ensenada. Quiero pescar, hacer deporte, siempre fue mi proyecto terminar mis días viviendo al lado del mar”.
Eduardo Chalén: el artista que regresó a casa desde la gran ciudad
De niño, para pintar, Eduardo Chalén cortaba mechones de su cabello y, con hilos que le pedía a su mamá y ramas, armaba pinceles artesanales con los cuales plasmar lo que veía.
Desde aquel entonces, hasta ahora, han pasado cincuenta años.
El artista dejó su Playas natal en 1972 por Guayaquil, donde trabajó y pintó durante varias décadas.
De sus triunfos en la Perla del Pacífico, indica, están los murales publicitarios que fue contratado para elaborar en distintos sectores de la urbe y de la Ruta del Sol y los retratos que pintó para familias pudientes de la ciudad.
Sin embargo, su orgullo principal fue completar el Colegio de Bellas Artes, al cual asistía en las noches, tras culminar su jornada laboral.
“Las cosas han cambiado en el arte con la llegada de la tecnología, los jóvenes han cambiado. Son menos dados a aprender las técnicas. Pero lo que sí es cierto que, a pesar de la tecnología, el pincel nunca morirá”, dice.
Volvió a Playas a inicio de los años noventa y decidió quedarse.
Se convirtió en uno de los artistas emblemáticos de la localidad, no solo por sus incursiones en el ámbito cultural de la zona, sino porque también se convirtió en el creador del escudo del cantón.
Su propuesta fue elegida a través de un certamen y por él obtuvo un premio de 500.000 sucres, lo que hoy por hoy, dice entre risas, son solo 40 dólares.
De su vida en el cantón, dice sentirse satisfecho, aunque concede que, para sobrevivir, los artistas deben ser versátiles. “Vivir del arte nunca ha sido fácil. En Guayaquil es distinto porque la gente sí invierte en adquirir obras, pero la paz que se vive en Playas es algo que allá se pierde”.
Héctor Ramírez: de los cafés bogotanos a un taller a orillas del Pacífico
Su vida ha sido una serie de coincidencias. Una de ellas fue el maestro Theo Constante, quien, viendo el talento del entonces joven artista, lo convenció para que ingresara en el Colegio de Bellas Artes y lo encaminó sin saberlo a lo que se convertiría en una vida con cerca de cincuenta años de trayectoria pictórica.
La segunda de ellas, comenta entre risas, sucedió en los años setenta cuando dejó Guayaquil para ir en busca de sus sueños a México. Llegó, no obstante, solo hasta Bogotá donde vivió durante catorce años y donde halló, dice, su “despertar artístico”.
“Bogotá era otro mundo. Conocí pintores que me influenciaron mucho, que me abrieron camino. Es mi segunda patria”.
No tenía intención de regresar al país, pero volvió y aceptó una oferta de un predio en Playas, donde se quedó y donde instaló su taller. Dice amar el contraste entre las grandes ciudades y el pequeño pueblo de hermosos paisajes y gente amable.
Tras haber pasado por lo figurativo, hoy se dedica a la abstracción, técnica que dice haber asumido por cuestiones filosóficas y que le permite expresar una gran cantidad de emociones.
“A veces los pintores suelen separar demasiado lo que sienten de su obra; pero todo está inmerso en lo mismo. Las emociones son el motor de la esencia humana”.
Año a año deja Playas para participar en exposiciones tanto en Ecuador como en otros países. Pero estos viajes se enfocan tanto en el turismo como en lo laboral.
“A los treinta años quería ser grande, ahora solo quiero ser pintor. Cuando viajo es por viajar, ya no es por conquistar. Esa época ya pasó”, expresó.