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Peligrosas transparencias

nueve años de intoxicante propaganda proclamando virtudes que no descubrimos y en ese mismo lapso, callando, desestimando, mostrando impavidez ante las persistentes versiones de una generalizada corrupción. Buena parte de su gestión se ha constreñido a proteger a quienes merecían ser investigados o judicializados. Resulta, entonces, un deber cívico que los demás no callemos.
Correa sostiene que su Gobierno actúa con transparencia, peligrosa palabra que, bien aplicada, puede también poner al descubierto inmundicias de cualquier gobierno. Transparencia, aunque tardía, hubo con Pedro Delgado, cuando este confesó públicamente sus transgresiones y se despidió emocionado para viajar al “paraíso penal” de Miami. Delgado, curiosamente transparente, debió saber que en un Gobierno adormecido, con fiscal general incluido, el parentesco y la amistad revolucionaria debían prevalecer.
Correa sigue anunciando que sus huestes barrerán en las elecciones presidenciales y no tiene reparo en pedir ilegalmente que se vote por la lista 35. Debió aprovechar la oportunidad para que su pronóstico se transparente y adquiera legitimidad internacional en el sufragio mismo y, sobre todo, en los escrutinios a cargo de sus fieles adherentes. Lejos de ello, calificó de “vendepatrias” (verdadera injuria calumniosa) a quienes asumirían este reto pero bajo la auditoría de la OEA. Su temor al fraude habría cobrado fuerza tras el eructo presidencial.
Luego de despilfarrar 1.200 millones de dólares en El Aromo, esperábamos una salida que nos permita atisbar alguna transparencia gubernamental: investigar (aunque con resultados previsibles) los descomunales sobreprecios denunciados, o proseguir con soberbia la dispendiosa obra, o utilizar el cuantioso despilfarro en algún asentamiento urbano, etc. La nebulosa intransparencia gubernamental se mantuvo.
Los gobiernos, como los seres humanos, se prueban a través de la acción, y esta no se ha dado en nueve años, alcanzando caracteres de solidaridad encubridora. Silenciarlo todo, restarle importancia y argüir patriotismo persiguiendo a sus detractores fue el mecanismo de la revolución, sentando las bases para que malos ciudadanos, luego de alcanzar una dignidad cualquiera, tengan asegurada su impunidad. Sin embargo, hace pocos días esa revolución ciudadana quiso cambiar su propia imagen. Un cambio de pelambre se imponía. Su vocación persecutoria contra sus detractores debía esta vez apuntar a blancos casa adentro, pensando erigirse en paladines de la transparencia moralizadora, por artificiosa que resultaba ser. Fue chocante la imagen que dieron los oficialistas de la Comisión Legislativa, que trae al recuerdo una vieja expresión de Rodrigo Borja : “Jauría”, atacando a dentelladas a un exministro. La amistad que presuntamente unía a los protagonistas del episodio, se transformó en odio gubernamental manifiesto. Abandonaron su inacción de nueve años y embistieron contra un chivo expiatorio que, al igual que otros, suelen ser víctimas coyunturales del cálculo político, fichas descartables del tablero electoral y, ¿por qué no?, hasta sujetos pasivos del rencor de quienes no habrían sido atendidos en alguna exigencia revolucionaria. Cualquiera que fuere la razón, lo nuclear del problema no les interesa y la verdad bien puede seguir esperando. Solo importa la nueva imagen, el disfraz camaleónico que les permita seguir cantando a su pauperizante revolución. Tienen “más, muchísimos más” candidatos a chivos expiatorios y un defensor público es el nuevo blanco, por creer desproporcionada la pena impuesta a dos manifestantes indígenas. Hay todo un rebaño en espera. Esta revolución no concibe la existencia de rivales o adversarios políticos que expresen su desacuerdo. Los cree enemigos a destruir, sin calcular, cegados por su sectarismo, que pronto serán echados del poder para dar paso a un real intento democrático.
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