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Parque bueno, parque malo

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Gorka Moreno y Blanca Moncada

Unos lucen apuestos, como un dandi a la entrada de la ópera; otros desaliñados, como un náufrago sin esperanza. Desde que el Municipio los regeneró, 700 de los 2.700 parques existentes en Guayaquil están bajo el cuidado de comités y consejos barriales, en su mayoría dirigidos por personas de avanzada edad.

Sus destinos parecen antagónicos. Pero tienen más en común de lo que evidencia su aspecto. Ocho líderes vecinales consultados por EXPRESO coinciden en que las mingas se antojan insuficientes, en que hacen falta más “manos amigas” dispuestas a aportar una ayuda económica para sufragar los servicios de un jardinero, además de jóvenes inquietos que releven a los veteranos. De hecho, tres de estos colectivos se han disuelto. El apoyo que el Cabildo ofrece con las podas y arreglos de equipamientos, sobre todo en la época invernal, es clave para la supervivencia de los más desdichados.

El caso de Brisas del Río, adelantado por este Diario, es el más extremo. Allí los montes alcanzan dos metros de altura en varios puntos. Y marcó un antes y un después. El director de Áreas Verdes, Parques y Movilización Cívica, Abel Pesantes, recuerda que los dirigentes del extinto comité se negaron a firmar el acta de compromiso tras la entrega del recinto en 2010. Desde entonces, los interesados en contar con uno de estos espacios deben sellar el documento antes de las obras.

“De las 50 familias de la ciudadela, apenas cuatro o cinco aportaban los cinco dólares mensuales que pedíamos. Nosotros mismos limpiábamos hasta 2015, pero desistimos”, indica César Cevallos, antiguo miembro del colectivo que no figura entre quienes declinaron suscribir el acta.

Su análisis se repite como una triste letanía en el norte y en el sur. En la primera y segunda etapa de la Alborada, Eduardo Rodríguez, presidente del consejo barrial, ya no sabe a qué puertas llamar. Su parque también luce desolado. Únicamente seis hogares, de 140, donan 4 dólares al mes. Al menos la respuesta a las convocatorias sociales suele ser notable, salvo por parte de las nuevas generaciones: “Siempre se excusan para no venir a las mingas”.

Al otro lado de la ciudad, los habitantes de las manzanas 94 y 95 de la Floresta 1 han arrojado la toalla. Atrás quedan los años en que organizaban pequeños eventos para conseguir fondos. Ahora están rodeados de maleza y drogadictos, que siembran “el miedo” allá por donde pasan. “La gente creía que la directiva comía con esa plata”, evoca apenada Ana Chichande, secretaria del comité.

Pegada a Brisas del Río se encuentra Acuarela del Río. Su colectivo tampoco recibe el respaldo de muchos desprendidos (25 de 400, que entregan 10 dólares al mes). Pero la presidenta, Cleopatra Muñoz, cubre el resto de los gastos con los 2.500 que obtiene en un bingo comunitario anual. Hoy, sus jardines, quizás los más hermosos del Puerto Principal, bullen a diario: “Me llenan de orgullo”.

El mismo fenómeno se da en Las Acacias. El comité del sector B mima su lugar de reunión y colabora con la Policía Nacional para garantizar la seguridad, pero el de las manzanas E5, F1 y F2 parece una selva. Los gestores del primero fijaron una cuota anual de 20 dólares para 25 familias, aunque también han sufrido más de un revés. “Algunos se salieron”, lamenta el secretario, Juan Pérez. Los del segundo, por el contrario, ven impotentes cómo hay quienes botan allí la basura y defecan. “Nos cansamos porque faltaba colaboración”, argumenta Mariano Salazar, antiguo encargado del área verde.

Pero a menudo, la satisfacción de hacer un bien a los demás pesa más que cualquier penuria. Al igual que sus colegas, Alonso Calero, vicepresidente del grupo que administra un parque en la primera etapa de la Garzota, pide ayuda para contar con un jardinero. De los veinte inmuebles que rodean su florido punto de encuentro, únicamente siete familias contribuyen. Él pone el resto. “No me importa. Me gusta observar a los niños corriendo, a los moradores soltando el estrés... Este sitio da libertad y armonía”, enfatiza.

Tal vez el sector 300 de la Martha de Roldós marque el camino a seguir para aquellos que han perdido la ilusión. Silvia Manzano y su colectivo dividieron su vergel en tres zonas tras haber fracasado en el intento por fijar una cuota. Ahora, la limpieza está asignada a otras tantas viviendas y no pierden el tiempo con quienes se niegan a participar. Pero en junio, cuando el parque cumpla un año, le darán una mano de color. Y entonces, “todos tendrán que poner al menos para la pintura”.

Flexibilidad durante el invierno

Cuando llegan las lluvias, el Municipio se muestra “más flexible” con los comités. De hecho, la Dirección de Áreas Verdes, Parques y Movilización Cívica destinará 364.414,92 dólares para que varias empresas desbrocen, limpien y apliquen herbicidas donde se precise. Esta labor se suma a las reparaciones de equipamientos desgastados, que corre a cargo del Cabildo.

Pero el Municipio no baraja cobrar una tasa a los vecinos a cambio de asumir el cuidado permanente. Hay casos en los que, debido a la presencia de delincuentes y drogadictos, los parques pueden convertirse en una carga. “No sería justo. Eso sí, el mantenimiento sigue bajo su responsabilidad”, resalta Abel Pesantes.

De las 2.000 zonas verdes no supervisadas por moradores, una parte está gestionada por el Cabildo, otra por contratistas y una última por distintas compañías, que las conservan de forma gratuita como una contribución a la ciudad.

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