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El oasis rural de La Puntilla
500 familias viven en este recinto que inició siendo una hacienda y luego, con la llegada de los invasores, cooperativa.

Aunque está situado a escasos metros de la avenida principal de la vía Samborondón y a un costado del sendero que conduce a Ciudad Celeste, una de las ciudadelas más pobladas de La Puntilla, el Buijo Histórico -que cumple hoy 189 años de vida- continúa siendo ese oasis rural en medio del área urbana en el que aún se observa a los niños jugar descalzos. Y en libertad.
Con 10 hectáreas de extensión este recinto silente y de calles angostas que, según data la historia, acogió a Simón Bolívar cuando organizaba su campaña de desalojo a las tropas peruanas en Guayaquil (1829), contrasta radicalmente con su entorno, puesto que empezando por sus casas estas aún son de caña o construcción mixta, lo que dista de la de sus vecinos: grandes, con lagunas y enormes garitas.
Ángela Jurado, quien vive en una de ellas (de construcción mixta), no recuerda cómo ni cuándo fue que las familias se empezaron a asentar allí. Solo sabe que un día, hace 61 años, llegó junto a sus padres y que jamás se quiso ir; que ha estudiado en la única escuela que hasta entonces tiene el lugar, y que ha nadado decenas de veces en la que llama su alberca, un brazo del río Babahoyo que colinda con su casa y que cada invierno se repleta.
“Por décadas aquí, donde dicen que hubo hasta lagartos, me sumergí sin temor...”. Hoy el río -que en la década de los 70 fue la única vía de transporte- es solo parte del paisaje. No así el Buijo Histórico, que pese a ser intervenido por la Alcaldía hace 15 años, mantiene sus raíces vigentes.
“Hemos ido cambiando de a poco, sí, tenemos calles de concreto y ya no de lodo y tierra, nuevas infraestructuras de gente que viene de afuera: peluquerías, farmacias; tenemos servicios básicos, pero nuestras costumbres son las mismas”.
La gente por ejemplo, relata Mary González, quien arribó hace 40 años al sector y es la dueña de un comedor que vende -dicen los clientes- los almuerzos más baratos de la zona ($ 1,50), sigue yendo a la cama a las 20:00 de lunes a jueves, “como lo hacen en casi todos los pueblos”. Y sigue tendiendo la ropa en el patio delantero de sus viviendas y conviviendo con pollos, patos, gallos, pavos en lugar de perros.
Jorge Guamán, quien tiene toda una granja, asegura que este último hecho ha sido el que más ha llamado la atención de los vecinos. “Los fines de semana vienen las familias de La Puntilla a comer y los chicos pasan encantados persiguiendo y hasta revolcándose con mis animales”. Es como si la gente se olvidara de la bulla y los centros comerciales, y escogiera este recinto, que no tiene señalización ni nombres en sus calles (solo se llega a determinado espacio por referencia) , para descansar y tener paz.
Incluso, dice Guamán, en los últimos meses, siempre los viernes, el malecón (que en los próximos meses será regenerado) es visitado por los residentes de las urbanizaciones privadas aledañas, que en bicicleta o cuadrones se instalan en el lugar para conversar, jugar una partida de cartas o fútbol, y deambular.
“A veces los he visto hasta dormirse en la plazoleta. Me alegra ver que están seguros de que aquí no les pasa nada”. Y es que en el Buijo no hay ladrones ni drogas, aseguran sus residentes. “Vivimos tan bien en el pasado que ni siquiera las enfermedades y los vicios nos llegan”.
Para Tito Terán, quien labora, al igual que la mayoría de moradores, como albañil o jardinero en las urbanizaciones privadas cercanas, si bien los cambios que ha tenido el recinto los están mostrando al “mundo”, las autoridades deben tener cuidado para no empujarlos a perder su esencia.
Los residentes de Ciudad Celeste apoyan la idea. “El Buijo es la parte rústica de esta parcela. Es justo que tengan todo lo que necesitan para crecer, pero no alterando su estilo de vida. Es lo más sano que tenemos”, celebra Claudia Soto, quien cada domingo visita la iglesia San Francisco de Asís, en el barrio.
Las obras que faltan
Pese a los trabajos de regeneración que se han hecho, en el Buijo Histórico sus residentes claman por la construcción de un hospital (solo hay un dispensario), una Unidad de Policía Comunitaria y un colegio. En el lugar solo existe la escuela 26 de Junio, la primera que se fundó en el sitio, alrededor de 1970, y los niños para continuar sus estudios deben movilizarse a la cabecera cantonal o a Tarifa.
Entre sus necesidades también consta que se les permita a las líneas de buses ingresar. “Hoy solo pueden hacerlo los Sambo Trolley, para movilizar a los niños estos tienen entonces que salir caminando hasta el ingreso a Ciudad Celeste para que tomen una unidad. Es riesgoso”, lamentan.