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La musica, un antidoto contra los malos pasos

Los cursos vacacionales, se dictan hasta abril en la mañana, tarde y noche. A más de música, los asistentes pueden cursar dibujo, teatro, pintura y danza.

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Kevin tenía tan solo 15 años el día que cayó de bruces en medio de la clase de Química, producto de una sobredosis. Antes de eso, era un joven normal y un músico talentoso que aprovechaba los domingos para entonar cantos a Dios en las ceremonias de la iglesia a la que acudía.

Cuando habla de él, al pastor José David Mejía se le llenan de lágrimas los ojos. El chico, que en ese entonces era una de las jóvenes promesas de la Escuela de Música de la Orquesta Sinfónica Cristiana del Ecuador (OSCE), hoy se encuentra en estado vegetativo. Contar esta historia, sin embargo, le permite al religioso renovar su fe.

“Empezamos la escuela en 2009 con la intención de que niños y jóvenes tuvieran un sitio a donde ir después de la escuela y que así se mantuvieran lejos de los vicios, de las drogas y el alcohol. Ya teníamos varios años trabajando cuando sucedió lo de Kevin, pero aunque fue un golpe duro, fortaleció la necesidad de continuar este proyecto y evitar que esto le pase a otros chicos”, señaló.

Fue así que poco a poco la academia, que empezó en el Guasmo y hoy se encuentra en un amplio edificio en Tungurahua y Luque, expandió sus opciones para incluir no solo el piano, que es el primer amor de Mejía, sino la guitarra, el violín e incluso otras disciplinas como la danza y el teatro.

Actualmente la escuela cuenta con 1.200 estudiantes que van en tres horarios. Es completamente gratuita.

Esta se financia a través de donaciones, pues el pastor es un fiel creyente del concepto de que Dios provee.

“Tenemos un programa a través del que se financian instrumentos para chicos de muy escasos recursos. Todo lo demás llega como tiene que llegar. Gran parte del mobiliario, de todo lo que tenemos aquí, responde a la solidaridad de padres de familia, de hermanos”.

Este añade que, pese a ser una escuela fundada bajo preceptos evangélicos, la fe no es un requisito para sus alumnos. Lo único que se exige es la dedicación y el amor a la música.

Así lo cree también Dayanara Saltos, madre de familia de dos adolescentes que acuden a diario a la institución.

“Yo soy católica, pero me parece que los mensajes que acá les dan a los chicos son de cualquier religión, de amor, respeto. Lo que me importa a mí es que ellos no anden en la calle, donde no aprenden nada bueno”.

Daniel y Natanael Huacón, de 13 y 15 años, aprenden piano en esta escuela. Comenzaron a fines del año pasado y siempre ensayan juntos. En estos últimos meses han aprendido a tocar, a leer música y también, comenta este último riendo, “a decir que no”.

“Lo que más te enseñan acá es que un músico es como un deportista. Debes estar limpio para poder crear”.

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